MEDICINA ESPIRITUAL
«Todo lo que se refiere a la existencia humana tiene una dimensión espiritual y la ciencia es siempre una empresa al servicio de algo más que la ciencia misma». C.C. Radovic.
La sociedad vive un conflicto espiritual de proporciones insondables. Son tiempos finales en que las instituciones llamadas a construir el alma, sólo procuran lo conveniente, pero no lo importante. Se rechaza al creador, al original, al Profeta, pues se considera un síntoma de inestabilidad para los dogmatismos y el poder institucional. El mayor problema no está los errores cometidos, sino en un anacronismo que ha convertido en sagrado lo meramente conveniente.
CONSULTAS
PSICOLOGÍA PROFUNDA
REIKI
LECTURA DEL KIN MAYA
LECTURA DE RUNAS VIKINGAS
ORÁCULO ESPIRITUAL
SINTOMAS
El materialismo
El progreso económico del capitalismo ha facilitado el desarrollo de un gran error, a saber: en la raíz del modelo subyace un panteísmo materialista que concibe como una misma unidad a Dios y lo sensible. Todo lo que no es percibido por los sentidos es una ilusión, palabras sin contenido, simples nombres, generalidades, inexistentes e irreales. Se cree que la materia es la única esencia de la Realidad, es decir, se dota a lo absoluto de la cualidad material, que se concibe como una fuerza divina a partir de la cual se producen grados superiores de seres.
La filosofía materialista ha creado un individuo práctico, el homo economicus, el hombre light, encadenado al devenir sensual. Así es como el máximo producto del capitalismo, la riqueza material o sobreabundancia de bienes, constituye el mayor enemigo de la sabiduría espiritual, ya que el hombre rico se encuentra mucho menos seguro de la causa de sus sufrimientos. Su inteligencia, en vez de orientarse a la evolución del alma, se orienta al consumo, que pasa a ser el equivalente del bien. Sin embargo, nadie con un sano juicio puede creer que el nadar en la riqueza es la meta más conveniente de la vida, por el contrario, la opulencia siempre ha amenazado el prestigio de los hombres notables. El problema del materialismo no está en el mundo exterior ni en la superficie de las cosas, sino en el interior del hombre, es decir, en una inteligencia que no ha logrado vivir con lo que ella misma ha producido.
El ateísmo
El materialismo es la expresión práctica de un postulado radical del ateísmo moderno, mucho más profundo, según el cual: “Dios sólo se manifiesta a través de bienes corpóreos como el pan y el vino, más que en su divinidad pura”. Por lo tanto, las creencias han adoptado un pensamiento de inspiración calvinista, desprendido de un principio básico del luteranismo y que ha tomado cuerpo en una sociedad marxista y gramsciana, propiamente, consubstancial al ateísmo que confunde a la Divinidad y la materia. El ateísmo ha quitado valor a las humanidades y provocado un empobrecimiento espiritual generalizado e idolatría. La soledad del ciudadano, su atomización, es la evidencia del triunfo del Príncipe de las Tinieblas, amo de la materia, según la fórmula: mientras más fuerte es el cuerpo, más exigua es el alma. Lamentablemente, lo mismo que les acontece a las personas les sucede a las naciones.
El consumismo
El capitalismo es consubstancial al consumo, es decir, al agotamiento de los recursos naturales y al deterioro del medio ambiente. Al estar controlado por una mentalidad consumista, contrariamente a lo que se cree, los países se empobrece en la misma medida en que se agotan sus recursos naturales. La mirada a corto plazo que prevalece, hace creer falsamente en que la riqueza comercial es la verdadera riqueza, sin tomar conciencia de la real dimensión del agotamiento de la Tierra. El consumismo ha puesto a la destrucción total del equilibrio medioambiental como el objetivo central de la actividad económica, y, para ello, está utilizando al hombre por todos los medios posibles, quien ha hipotecado el futuro de la flora y la fauna.
La politiquería
El sigilo y la ignominia, que diplomáticamente se denominan discreción, la falsedad deliberada, los silencios y la simple omisión, utilizados como medios legítimos para el logro del poder, mueven la actividad política. La capacidad de mentir y la habilidad de cambiar los hechos o capacidad de actuar, se hallan enraizadas en la esencia de los partidos. ¿Por qué? Sucede que las mentiras resultan mucho más plausibles y atractivas a la razón, que la verdad, dado que el mentiroso tiene la ventaja de conocer de antemano lo que el público desea o espera oír. En otras palabras, la política chilena es decadente porque las bases de la política occidental son inmorales.
La actividad pública se ha desnaturalizado a tal grado que ha pasado a convertirse en sinónimo de cuoteos, pago de favores y beneficios personales. Se ha llegado a creer que el beneficio personal es equivalente al desarrollo general. Prácticas como la demagogia, lejos de las grandes ideas para lograr el Bien Común o el interés general, se ha transformado en un lugar común. De este modo, las descalificaciones, peleas y ofensas se han hecho pan de cada día, mientras el ciudadano queda impotente frente al dirigente que decide en beneficio de su partido. Que no extrañe, pues, la crisis de la convivencia social.
La politiquería tiene su cuota de culpa en la alteración de la convivencia que ha crecido en Chile, la reacción callejera sin claros motivos y el fanatismo reaccionario e irracional de sectores cada vez más violentos, frente a lo cual la autoridad responde con represión, siendo incapaz de realizar un autoexamen.
Los pecados contra el pueblo
Entre los pecados sociales más importantes hay pocos que puedan compararse con mentir y despreciar al pueblo. Hay pocas faltas tan grandes como pensar que el pueblo es tonto y fácil de engañar. Pero el peor de todos consiste en sostener que tal condición es permanente e inmutable. Amarga ver a los gobernantes prolongar el peso de esta afrenta, pretendiendo consolidar una especie de sociedad de castas sociales, mientras que en el fuero interior hacen todo para liberarse de su cuota de culpa. No sé cómo no se le atraganta el pan en la garganta a quien menosprecia al pueblo y piensa que jamás servirá para nada.
La mala educación
La perversión del problema educacional radica en su indulgente transmisión a los niños y jóvenes, exaltando la mácula del conocimiento inútil, el conformismo de la superficialidad y el regocijo de una estupidez acrítica, creyendo que es una actitud natural de la condición de estudiante.
¿Cuál es la causa de la mala calidad de la educación? Como realidad histórica efectiva, Chile –al igual que cualquier otro país– ha adoptado una forma concreta de ser, basada en una visión del mundo que no puede cambiar a voluntad como un traje, sino que es como el agua al pez, es decir: una condición esencial para la vida que se ha llevado. Los distintos ámbitos de una cultura responden a un determinado núcleo religioso, nacido a partir de una singular concepción ontológica. En este sentido, el problema de la educación en Chile está íntimamente relacionado con la religión preponderante en Sudamérica, el catolicismo, que históricamente ha funcionado como antagonista de la ciencia, bajo la convicción de la existencia de un conflicto irreconciliable entre Fe y Razón, entre las ciencias humanas y las exactas, entre la tradición religiosa y la investigación científica, como lo ha reeditado la Nueva Ortodoxia Católica. Y aunque la relación con la ciencia moderna es un cuestión mayor que afrontan todas las religiones del mundo, resulta conveniente, si el objetivo es mejorar la educación y erradicar la ignorancia, concebir una nueva manera de enfrentar el conflicto entre ciencia y religión. Tenemos la convicción que la mejor manera es a través del cultivo de un paradigma de síntesis, interdependiente, multidisciplinar y tolerante, un horizonte que se abre.
El ego
El ego es justo lo contrario a nuestro verdadero ser. Es una falsa identidad que adoptamos para que, reflexionando sobre lo superficial y accesorio en nuestro proceso de socialización, no nos planteemos las preguntas sobre lo verdadero. Al ser un engaño creado por la sociedad, rehúye lo sencillo, pues le delata; lo difícil sí es un reto para él, y lo imposible un reto de verdad. Así, cuanto mayor sea el reto que aceptemos, mayor será el ego que construimos en nosotros mismos.
El ego es la ambición y los deseos. De ahí que sólo produzca tristeza, sufrimiento, lucha, frustración, locura, suicidios, asesinatos… y toda clase de crímenes. Al ser vanidad, se aleja de la sabiduría de la conciencia y es la causa de la ignorancia.
El ego es un envoltorio de nuestra existencia y, a menos que nos liberemos de él y lo controlemos, jamás llegaremos a conocernos. La ambición es la que da la medida del ego, que también la medida de nuestro fracaso.





