EL PRIMER MOMENTO
El Origen
En el origen no había un ser ni un no-ser.
¿Qué era lo que había entonces?
¿Qué había dentro y dónde?
¿Estaba allí la insondable profundidad del agua?
En el origen del Universo no había muerte ni inmortalidad, ni signo del día ni de la noche, ni cielos, ni mares. No había formas, ni sensaciones, ni conceptualizaciones, ni formaciones mentales, ni conciencias; ni sufrimiento, ni causa, ni efecto, ni cesación, ni camino, ni sabiduría primordial, ni obtención, ni no obtención. No había vista, ni oído, ni olfato, ni gusto, ni tacto, ni mente, ni forma, ni sonido, ni olor, ni sabor, ni tacto, ni fenómenos. Tampoco estaba el componente de la vista, ni el componente de la mente, ni el componente de la conciencia de la mente. Ni ignorancia, ni fin de la ignorancia, ni vejez y muerte, ni fin de la vejez y la muerte. Ninguna imagen, ni luz, ni alma. No ente. No nada.
¿De dónde salía entonces tanta luz, densísima, compacta, comprimida en un punto imperceptible? Tanta luz sin ningún ojo que la mirara, casi a punto el escenario para empezar todo el resto: la expansión, el enfriamiento, la condensación, la consolidación creciente de islotes materiales suspendidos en el tiempo, hasta llegar hoy, a estas ondas frías cargadas de señales de radio, como las olas del océano que arrastran los restos de un viejo naufragio.
¡Ah, Vacío oculto y escondido que revela un orden tan lógico, tan bello, una estructura sutil y estable dentro de la gran multitud de partículas del Universo!
En el origen había algo completo y nebuloso. Silencioso, invisible, inmutable, estando a solas como Uno, incesante, siempre rotante. Se lo describe Forma de lo sin-forma, Imagen de los sin-imagen. Se le encuentra, pero nadie ve su rostro. Se le sigue, pero nadie ve su espalda. No sé su nombre y le apellido Tao.
El Vacío es el Principio Primero, la realidad de la cual emana el Universo. Sin cesar continúa, más definirlo es imposible. Lo que miras pero no puedes ver, es dicho lo Invisible. Lo que puedes escuchar pero no oír, es dicho lo Inaudible. Lo que ases pero no puedes retener, es dicho lo Insondable. Ninguna luz encima puede hacerlo más claro, ninguna oscuridad, debajo, más oscuro. El ser es su función; y el no-ser, su naturaleza propia.
¡Entrégate al supremo Vacío, contempla asiduo en la quietud, porque el silencio es el retorno al origen!
El cerco hermético abre al mundo espiritual, al pneuma. Eterno indivisible. Inconcebible en lo conmensurable. Poderoso. Neutro. Creativo. Del que procede todo lo que un Dios es. Lo es todo, presente, pasado y futuro, y lo que está más allá del Triple tiempo de lo creado, conservado y destruido. La perfección es verdadera, inefable, innominable, increada, inengendrada, infinita e inmutable. Fundamento propio de todos los fenómenos de nuestro Universo, ya que la forma es vacío y el vacío es forma. No existe otra forma que la vacuidad ni otra vacuidad que la forma. Del mismo modo, las sensaciones, los conceptos, las formaciones mentales y las conciencias se hallan vacías.
Esta existencia original, pese a la multitud de objetos y la diversidad de sus fuerzas, es una en sustancia y origen. Su poder también es el Brahman: verdad única, abarcante y universal, a cuya luz la totalidad de la existencia quedara revelada y explicada, tanto en su naturaleza como en su fin.
En el origen no había más que algo inmenso, enorme y compacto, intacto y radical, donde todo se encontraba incluido. Es la energía de donde todos los entes surgen y donde todos tienen su origen. El Vacío es aquello por lo cual se forman y alcanzan su perfección. A causa de su magnitud se le otorga una diversidad de nombres. Se le asimila con el “sagrado orden de las cosas” o ley del Destino: rta o rita (del indio), maat (del egipcio), me (del sumerio), asha (del iranio), sunyata (del sánscrito). Gran Fuerza. Verdad Suprema. Algunos sabios hablan del Uno, la Unidad, la Gran Mónada, más allá del espacio y el tiempo. Otros, lo llaman el Gran Principio, sin el cual carece de sentido hablar del Ser, morada del éter luminoso del reino de la luz. No sé su nombre y le apellido Tao.
Cuando al fin comprendí la unidad de la Perfección, entonces conocí el origen, lo que había sido desconocido, que siempre su energía había estado en unión conmigo mismo.
Tu luz dorada ha descendido a mi mente y los sombríos espacios de mi alma, alcanzados por el sol, son ahora una brillante respuesta al plano oculto de la Sabiduría, una serena iluminación y una llama... y mi habla es ahora una melodía divina, cuya única nota es un himno de gloria a Ti. Tu luz dorada ha descendido a mi corazón, invadiendo mi vida con Tu eternidad.
El Huevo
Solo el Huevo permanece quieto después de nacer. La acción sagrada en la plenitud original se expresa por su manifestación mental externa, únicamente, como un Huevo primordial y virginal. Forma elíptica, unida a otras, limitándose recíprocamente. Huevos cósmicos que participan de la energía original sin ser movidos, estando en paz consigo mismos, en una actividad pura que puede describirse como “festiva”.
El símbolo adecuado de la epifanía del espíritu es el Ser Puro en forma de Huevo del Mundo, Señor de la Progenia, Embrión de Oro o Hiranya-garbha. Así cantan las oblaciones: En el principio brotó el Embrión de Oro, nacido solamente. Hiranya-garbha, el Huevo del Mundo, Señor de todos los seres creados. Él fijó y sostuvo esta tierra y este cielo. El es el Dios de los dioses y nadie puede estar a su lado. Dador del soplo vital de fuerza y de vigor. Él, cuyos mandamientos todos los dioses reconocen. El, que por su grandeza ha llegado a ser el único gobernante de todo el mundo movible, que respira y dormita. Por él fueron medidas las regiones etéreas y a través de su poder estas montañas están cubiertas de nieve. Señor de la muerte, cuya sombra vive inmortal... nunca podrá hacernos daño él, que es el Huevo del Mundo, generador del mundo y creador del cielo, y cuyas leyes son seguras. Él, que hizo surgir las grandes y diáfanas aguas. Por él y a través de su poder, los hombres dicen que el mar y los ríos místicos del Firmamento son suyos. Por él, los cielos son fuertes y la tierra es firme. Por él, el reino de la luz y la bóveda celeste, son sostenidos.
Sólo el Huevo se puede distinguir de una amplia gama de objetos que puede extenderse en más de una dimensión. Algunos podrían ser universos unidimensionales; otros, vibraciones con dimensiones no determinadas. Historias elípticas lisas o quizás ligeramente irregulares. Superficies cerradas en un tiempo imaginario, como “burbujas de vapor formándose del agua hirviendo”. Membranas diminutas enrolladas sobre sí mismas, donde toda la información de lo que ocurre en su interior se codifica en su frontera y se abre al observador gracias al principio holográfico.
Desde el centro del Huevo, que, como punto, necesariamente carece de dimensión, el número de círculos puede aumentar indefinidamente, convirtiéndose cada uno en un área correspondiente a un determinado mundo o estado del ser. Cada uno de estos círculos puede ser pensado como parte del punto central, porque no puede ser concebido un segundo centro. Como si Dios y los diversos dioses fuesen poderes, formas, aspectos operativos o atributos personificados del vacío. En el mito cosmogónico, aquellas formas o potencias son expresiones interconectadas del campo subyacente de la vacuidad, obedeciendo y rindiendo culto a un “juego” eterno, y, como tal, divino.
La virtud ritual del Huevo Cósmico no se explica por una valorización del Huevo considerado como “germen” o “semilla”, sino que encuentra su justificación en el símbolo religioso que encarna, que no se refiere tanto al nacimiento, sino a un “re-nacimiento” o “resurrección” de Universo. La idea fundamental no es el “nacimiento” sino la repetición del nacimiento ejemplar del Cosmos: un ciclo de universos sobre universos. El Huevo confirma y promueve la resurrección, la reencarnación, que una vez más, no es un nacimiento sino un “retorno” o una “repetición”. El Huevo no pierde nunca su sentido principal: asegurar la “repetición” del acto de la Creación del Universo que dio nacimiento in illo tempore a las formas de vidas.
El significado empírico-racionalista del Huevo es la negación total de la práctica de la mente dualista y de todo intento por llevar al absoluto algún concepto relativo. El sentido filosófico es radical en cuanto a la imposibilidad de la negación total de cualquier contrario: El mal sólo existe en relación al bien y es con respecto a lo malo como nos forjamos una idea de lo bueno. Por tanto, la noción de bien resulta inseparable de la noción de mal y, del mismo modo, la noción de mal depende de la noción de bien. Pensar en términos de ser y no-ser se denomina pensamiento erróneo, mientras que dejar de pensar en tales términos es lo que se denomina, por el contrario, pensamiento correcto. Ideas similares se encuentra en el Libro de las Mutaciones, inspirado en Confucio: La Gran Unidad engendra un Yin y un Yang, los dos polos, el Cielo y la Tierra; los dos polos engendran la energía de lo oscuro y lo claro. Las energías de lo turbio y de lo claro sufren mutaciones: la una asciende a lo alto, la otra se hunde en lo profundo; se unen y forman los cuerpos, trajinantes y bullantes. A cada final sigue un recomienzo, a cada salida sigue una llegada. El mismo principio en palabras de Jesús: Mirad, si os dicen que el Reino está en el cielo, entonces los pájaros os precederán. Si os dicen está en el mar, los peces os precederán. Pero el Reino está dentro de vosotros y está fuera de vosotros.
Dios Padre-Dios Madre
En el estado estático de la tranquilidad primordial, en el vasto zoológico de potencias, riendo, jugando y complaciéndose, se distingue un Huevo Cósmico, caracterizado por dos co-principios, una biunidad del tipo El-Ella, masculino-femenino, que asume infinitas formas asimétricas, moldes ilimitados que guardan algo de los infinitos posibles de la perfección del Vacío. Esta biunidad original y sagrada es una pareja Cielo-Tierra, Ying-Yang, Dios/Padre-Dios/Madre, motor-inmovil, llamado simbólicamente Padre de la Grandeza, Dios/Padre o Zurvan, Dios, Dyaus o Dieus (en sánscrito). Dios es la divinidad pura en forma de Huevo Cósmico o la región de la luz. ¿Dices, pues, Trimegisto, que Dios es de ambos sexos?
Los que elevan oraciones a Dios, lo hacen al Padre como a la Madre, Dios Padre/Dios Madre: De Ti, Padre, y a través de Ti, Madre, los dos nombres inmortales, Padres del ser divino, y tú, morador en el cielo, humanidad, del nombre poderoso. La Identidad Suprema es siempre una biunidad, se la piensa como masculino y femenino siempre. Y dijo Dios, hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza... Y Dios los creó macho y hembra. Porque el hombre es, en realidad, el espejo de una semejanza ejemplar. Cuando el par conjunto fue separado, los Devas y dioses gimieron y gritaron: ¡Que se casen de nuevo! De ahí el establecimiento natural del matrimonio en su forma ritual, símbolo de la unión preexistente, y promesa, también, de una reunión futura.
Dios es un campo bivalente: consiste en el Inefable, el Profundo, el Padre Primero, y, en la Gracia, el Silencio, el Vientre y la Madre de Todo. Es su poder el Silencio, un gran poder, la Mente del Universo, que dirige todas las cosas y es un varón... el otro... es una gran Inteligencia y es una hembra que produce todas las cosas. Unidos estos poderes se descubren y encuentran en estado de bivalencia divina en el Huevo, siendo madre de sí mismo, padre de sí mismo, hermana de sí mismo, cónyuge de sí mismo, hijo de sí mismo; madre, padre, biunidad, siendo fuente de todo el círculo de la existencia.
Dios es el señor y gobernante del Huevo pero no su creador. “El sagrado orden de las cosas” es genéticamente superior. El hombre que quisiera concebir la Verdad Suprema y vivir en ella, sin un antes y un después; debería estar vacío y libre, como libre y vacío es Nuestro Señor... como uno y simple es Dios, de manera que no se puede mirar en su interior.
La Materia y el Mal
En el Primer Momento, en el estado estático original, se distingue otra región dentro de los infinitos posibles del Vacío. La tradición la asocia con el campo de la materia pura, lo inconsciente o el instrumento de lo inconsciente. Este es uno de los grandes misterios que, desde mucho antes de la historia, se ha estudiado. No hay texto que la describa como un Huevo, aunque es imaginada como una especie de pequeña elipsoide informe o esfera diminuta. Esta es la región donde la tradición dice que habita el Príncipe de las Tinieblas, el enemigo, el demonio o Ahrimán, que tiene a su lado a los arcontes. Sus poderosas fuerzas internas son el humo o la confusión, el fuego devorador, el viento destructor, el excremento o el agua y las tinieblas, que proceden de cinco abismos o cuevas. Estas forman cinco mundos superpuestos regidos por cinco reyes particulares en figuras de un demonio, un león, un águila, un pez y un dragón. A éstos corresponden cinco metales: oro, cobre, hierro, plata y estaño; y, cinco clases de sabores: salado, agrio, picante, soso y amargo. Los cinco abismos del mundo de las tinieblas están, a su vez, poblados por cinco clases de seres: bípedos, cuadrúpedos, pájaros, peces y reptiles.
En el poema Hamartigenia –dedicado al problema del origen del mal– Prudencio sentenciaba que el Diablo se vanagloriaba de haber creado la materia tomándola de su propio cuerpo. Ubique daemon, escribió Salviano, discípulo de San Agustín. La materia está en el Primer Momento y es el espíritu de mal, al que pertenece el yo, lo mío, muy diferente del uno mismo o mismidad. El Diablo es el tentador, el adversario o la identificación con cualquier personalidad denominable, pero nunca puede identificársele con un nombre personal. Un titán o potencia que compite por la posesión de los mundos, de naturaleza inferior, es decir, física e inconciente; es el apetito. ¡Con la carne se sirve a la ley del pecado! Milton lo vio como un Arcángel vencido, pero siempre esplendente como un Serafín: Su forma no ha perdido todo su original esplendor, no aparece menos que un Arcángel caído... y el exceso de Gloria oscurecida.
La materia pura corresponde a un opuesto del Huevo de la luz. No luz. No vida. No espíritu. Es como la muñeca rusa más pequeña donde se esconde la materia, que ya no es posible abrir, cuya longitud de onda fundamental podría ser del orden de un milímetro dividido por cien millones de billones de billones, la llamada escala de Plank. ¿Cómo surge? La presencia de la materia o su emanación a partir del Vacío es espontánea, existe en sí misma como principio, es decir, surge del Vacío que es la máxima de todo; ya que el Vacío posee la totalidad de las cualidades. De esta forma, el mal moral recibe desde el origen su solución más realista y extrema: no es posible negarlo porque existe en sí desde la eternidad y su principio es la materia; no es posible disminuirlo porque no se deriva en modo alguno de lo bueno ni depende de él.






