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REFORMULACION POLITICA

 

 

La substancia del bien es el sustento central de todo gobierno, base sobre la cual se sostiene la política.  La definición del concepto ha tenido dos maneras opuestas de abordarse en la historia del pensamiento de Occidente, ambas apoyadas sobre  aspectos parciales de la Realidad.
La primera enfatizó la defensa de un concepto de bien político sujeto a la verdad revelada y a principios deductivos, que excluía una mirada más objetiva del mundo, y que, en ocasiones, negaba la realidad material que no se ajustaba a los axiomas inmutables, eternos e incuestionables del magisterio de la Iglesia.  Una idea de bien fundada en el valor del hombre, metafísica, divina y conservadora, apreciada en el plano del razonamiento abstracto, que imperó durante la Escolástica (s.IX-XIV) y en Chile desde 1973 hasta el advenimiento de la democracia en 1989.  El error del bien metafísico ha sido justificar el individualismo, el subjetivismo, el egocentrismo, las tendencias antiestatales, el antisindicalismo, las privatizaciones y las dictaduras unipersonales, sobre la base de la chispa de divinidad que posee la Persona.    
La otra definición privilegió la idea de un bien inductivo, práctico, materialista, no sujeto a valor alguno, sino únicamente a lo que la mayoría desea y, en cuanto tal, se terminó reemplazando el concepto de bien por el de interés, según la fórmula desacralizada: lo que la mayoría quiere es el interés político.  Una idea de bien como técnica gubernamental, utilitarista, partiendo de las realidades concretas de la vida, ocasional, transitoria, casuística, física, experimental y sociológica, que predominó durante la Modernidad (s. XIV-XX) y en Chile, con énfasis desde 1989 hasta el presente.  El error del bien práctico ha sido sobrevalorar el concepto materialista de clase por sobre la identidad de la Persona, que se toma en cuenta únicamente como parte de un grupo de consumo, esto es, el individuo pasa a ser una ficción y la única realidad es el conjunto, el estamento, la clase social, según la fórmula: a mayor consumo mayor es el bienestar. 
Bajo ambos enfoques la sociedad no se ha detenido.  No obstante, la ambición por el poder ha terminado por corromper los conceptos del bien, desnaturalizándolos, transformándolos en argumentos ideológicos y rígidos.  Para este momento la substancia del bien se ha convertido en un producto más del mercadeo y la propaganda, ajustada a los vaivenes de la conveniencia y el corto plazo.  Un problema central de la política que ha terminado por desmoralizar al pueblo y alejar a los jóvenes del voto.  

La substancia de un buen gobierno

 

La Reformulación Política se centra en el buen gobierno, ya que son los gobiernos los que en la práctica hacen avanzar a los países, no los sistemas.  Uno puede estar en una democracia y retroceder con un mal gobierno, o en una monarquía y avanzar si se conduce bien.  Por ello, la definición del bien es un fin primordial para todo gobierno.

La Perfección de la Sabiduría es la filosofía que expresa el máximo bien y la verdad.  Por ello, todo quien aspire a gobernar un Estado debe desprenderse del maquiavelismo, la inmoralidad y el anticristianismo que ha impuesto la política moderna.  Conducir el pensamiento hacia la sabiduría es una condición de reformulación.  ¿Qué significa esto políticamente?  Esto significa que la política tiene que conocer las dos verdades de la Realidad y, a partir de ese esfuerzo, definir el Bien Común o interés general .  La realización de este objetivo supone distinguir la realidad material objetiva de una nación y, con la misma fuerza, definir el mal, ya que el bien sólo existe en relación al mal y es con respecto a lo malo como nos forjamos una idea de lo bueno, por lo que la noción de bien resulta inseparable de la noción de mal y, del mismo modo, la noción de mal depende de la noción de bien.  Teniendo clara la distinción entre lo bueno y lo malo, el político puede definir el bien, que pasa a constituir la expresión diáfana de su forma de ser y la visión realizable de su idea de  gobierno en su anhelo de prosperidad.  El problema es que el gobernante no reconoce difícilmente el bien, lo difícil es ponerlo en práctica.  
Para ayudar al político a que la definición del bien sea correcta, resulta elemental reconocer las dos verdades con las cuales se debe observar la Realidad, siempre dentro del contexto reformulador, a saber: la verdad velada, dialéctica o conceptual, y, la verdad de sentido superior, no conceptual o trascendental.  Un buen gobernante tiene el deber moral de estudiar la verdad conceptual y la verdad no conceptual, ya que el arte de la política tiene que saber que todo lo definible con las palabras es un velo que esconde la naturaleza indefinible de todas las cosas.  Existe una perversión y un engaño en cualquiera que pretenda elevar a la categoría de lo Absoluto un concepto político relativo, lo que equivale a pretender definir lo Absoluto o creerse el dueño del pensamiento de la Divinidad.  La ciencia del logos,  que hace de la política una ciencia humano superior, sólo puede apuntar a lo Absoluto, pero jamás definirle.  Esta virtud facilita el uso apropiado de la palabra, situando al político desde el más privilegiado punto de vista, esto es, por sobre los conflictos, las guerras y el dualismo.  Ser un gobernante sabio es una exigencia determinante de la política del futuro y la única manera de acercarse a la Realidad más profunda de las cosas.  La conducción de los gobiernos hacia la Perfección de la Sabiduría es la substancia de la Reformulación Política, ya que únicamente por el cumplimiento del bien el gobernante es apoyado o derrocado. 

Tres protocolos de un buen gobierno

La Perfección de la Sabiduría desempolva el sustrato maquiavélico que oscurece a la política moderna, de modo que ya nada bueno es posible esperar de un gobierno sin entran en un nuevo paradigma.  Cortar con una navaja el paradigma anterior. 
Por ello, conviene definir tres Protocolos que deben existir en todo buen gobierno, pilares para que el pueblo identifique a las administraciones que luchan por el poder.  De no encontrarse estos Protocolos será imposible el ejercicio de un verdadero buen gobierno y la realización práctica del bien será difícilmente observable en la sociedad, a saber:

 

1.-La sabiduría es el primer protocolo en el eje de la toma de decisiones de un buen gobierno.  Ella es la llave maestra de todas las cosas para conocer el bien, luz que ilumina todos los campos del quehacer humano a tal grado que sólo es posible hacer justicia cuando se es sabio.  Llegado este momento, un político para una Cultura Sudamericana es demasiado inteligente como para sobrevivir sin sabiduría, de modo que nadie trabaja realmente por la paz, salvo trabaje por la restauración de la sabiduría en todos las esferas de la sociedad. 
Ser un gobernante sabio significa ser hijo del Cielo, que es el pueblo, porque el Cielo es el que otorga el don del soberano.  Cuando un gobernante no es sabio, tampoco puede ser virtuoso y es el pueblo quien tiene el derecho a derrocarlo, porque lo que el Cielo ve y oye es lo mismo que ve y oye el pueblo, mas el Cielo prefiere al pueblo.  Cuando se vota a un mal gobernante, incapaz de ser un buen guía, el Cielo elige a otro, ya que la voz del pueblo son las intenciones del Cielo.  Un gobernante sin un sabio no puede gobernar y un sabio sin un gobernante no puede hacer el bien.  En consecuencia, es necesario que los sabios ingresen a la administración del Estado.


2.-La meditación es el segundo protocolo en el eje de la toma de decisiones de un buen gobierno.  La reflexión profunda es propia de un gobernante del Cielo, ya que es el espacio de íntimo diálogo con los dictámenes de la Naturaleza, donde se está a solas con la Ley de la Perfección que enseña el camino hacia la sabiduría.  El espacio del silencio meditativo es elemental para lograr la virtud moral en las acciones políticas.  Porque cuando el gobernante es virtuoso, la sociedad también lo es.  Sin embargo, creer que se tiene mucha virtud hace perderla, y el vanagloriarse de las buenas acciones hace perder el mérito de ellas.  El buen gobernante debe entregarle a la sociedad lo que el Cielo necesita, a saber: reserva, honestidad, penetración, fortaleza, templanza, decencia, prudencia, justicia, fe, caridad y esperanza. 
El trabajo de un buen gobierno es de total esterilidad sin una meditación orientada al Cielo, cuyo honor se desplegará en todas las casas al menos una vez y se le otorgará más a menudo a aquellas familias donde la piedad y la caridad sean más sobresalientes.  Por ello, el gobernante bueno es un ser simple que permanece siempre en el justo medio, en el equilibrio, esto es, en la recta razón de la sabiduría. 


3.-El tercer protocolo considera al Estado como la ampliación de la familia.  El buen gobernante tiene que ser como un padre para la sociedad, ya que posee responsabilidad frente a su familia y frente al Cielo.  En el orden preconciente de la Persona Humana, la principal función de la madre es entregar afecto al hijo durante los primeros años de vida que le permitirá más tarde aprender a amar.  Por su parte, la función paterna es constituirse un modelo moral de convivencia.  Estas tareas formativas son los focos de las familias llamadas a gobernar, las que no excluyen el hecho de participar en otras funciones.  El buen gobernante es tal cuando gobierna bien su casa, pues su perennidad está dada por la familia, la que abarca tanto a vivos como a muertos, y es antes que el Estado.  La protección de la familia estriba en el principio de indisolubilidad de la biunidad matrimonial, que es el núcleo de la sociedad, norma que naturalmente no excluye el divorcio o separación. 


Dentro de este contexto el Estado no es un ente abstracto sino un organismo en que unas partes hacen juego con otras: en los gobernados residen los conocimientos técnicos, y en los gobernantes, el poder.  Si no hubiera división de rangos ni de deberes, la cooperación mutua sería imposible.  La armonía política resulta de la perfecta comunión de gobernantes y gobernados, pero teniendo siempre en cuenta que el papel de los gobernantes estriba esencialmente en guiar a los gobernados por el camino del bien, esto es, cumplir con la voluntad del Cielo.

A la luz de estos Protocolos el gobernante puede formalizar un buen gobierno y enseñar a la sociedad a contribuir en el.  En otras palabras, si no se encuentran presentes estos Protocolos difícilmente se podrá garantizar un buen gobierno, ya que su fin es dar el marco de comportamiento para desarrollar en cada Persona Humana un criterio de equilibrio, de recto juicio y de virtud, a toda prueba, que transforme a la política en el arte de gobernar sabiamente.  Un buen gobierno necesariamente debe formar un buen criterio en el pueblo, esto es, enseñar que detrás del velo de las aparentes dualidades conceptuales, sujeto y objeto, mentira y verdad, materia y espíritu, bien y mal, existe una Realidad superior que trasciende los opuestos, la esencia inalcanzable del logos, el espíritu humano, la divinidad.

¿Cuáles son las características de un buen gobierno?

El principio causativo moral exige primero que el buen gobernante sea capaz de administrarse bien a sí mismo, esto es, a su familia, para luego administrar bien la sociedad.  Un líder no puede enseñarle a la gente a dejar de fumar, si él mismo fuma, pues la enseñanza es por medio de su comportamiento que pasa a ser el ejemplo palpable de lo que significa ser bueno.  Un gobernante no puede enseñarle al pueblo a ser correcto si el mismo no lo es.  Tampoco puede demandar justicia si él mismo ha sido injusto, debiendo, por el contrario, responder como cualquier ciudadano ante los tribunales, pero, con la máxima severidad y su alejamiento del Estado, para siempre.  En ninguna circunstancia un gobernante puede exigirle a alguien lo que él no da, ya que la integridad es la principal de todas sus cualidades.  En su servicio debe respetar las leyes y enseñarlas a la luz de la sabiduría.

Los gobernantes buenos proceden de a poco.  Ven antes.  Inspeccionan en círculo y toman las decisiones en el momento justo.  Poseen una gran disponibilidad a dejarse enseñar.  Ubican en cada momento lo propio.  Gozan de valentía y de veracidad.  Contempla en silencio y no permite ser utilizados.  Su fuerza es noble porque pueden perdonar, para así redimir del propio martirio al que ha errado.  En todo momento reconocen sus errores y buscan repararlos, no dejando pasar tiempo para ello.  Son honrados, ante todo, pues conocen y están constantemente acercándose a la Verdad que es el fundamento del bien.  Los buenos gobernantes conocen el mal y se acercan al bien.  Cultivan el espíritu, mas tienen plena conciencia que la fuerza física es la base del poder y, en este sentido, una vía instrumental, una fuerza, un medio para hacer el Bien, pero jamás el fin.  En este sentido, el poder es la capacidad de hacer el Bien y la especificidad de su potencia radica en estar en función del interés de todos, es especial, de los débiles.  Por lo tanto, el gobierno debe administrar la cosa pública en función de la comunidad y el Estado, pues no es el propietario del poder. 
La autoridad sin poder es ineficaz, lo mismo que el poder sin la autoridad es inicuo.  Mas sólo un gobernante sabio posee autoridad.  Ella existe cuando el gobernante guía a las personas hacia el bien de cada uno, y así, la autoridad es tal cuando muestra y hace deseable el bien en todos, comprometiendo al ciudadano en su realización.  La autoridad es una función perfectiva porque depende de la sabiduría, y la sabiduría sólo es tal cuando accede a la ciencia de la unidad, la verdad de sentido superior.  Por lo tanto, un buen gobernante posee la capacidad moral para ser obedecido libremente.  No existe una mejor forma de ejercer el poder. 
Únicamente donde el poder supremo se junta con el juicio sabio y con la capacidad de autocontrol, es posible la aparición de un gobierno perfecto.  El Bien supremo es conocer la Perfección de la Sabiduría, ya que sin Verdad universal nadie sabe lo que es bueno en la Realidad.  La política debe avanzar de verdad en verdad hacia la ciencia de la unidad y centrarse en la obra, nada más, ya que sólo por la obra se llegará a la inmortalidad, ahí, donde existe conciencia y movimiento.  La mentira es un error en el arte y la advertencia, una: lo peor para el gobernante es ser desleal con el mejor. 

La unidad

 

         La ciencia de la unidad es intrínseca a la esencia de la paz.  Este es un principio realista sustentado en la naturaleza del hombre como animal social, es decir, la sociedad es buena y su orientación a la paz es primera por el hecho de la vitalidad del hombre.  La tendencia instintiva a reunirse en familia y a la educación de los hijos prueba que el primer impulso de la Persona Humana es pacífico y sobre esta máxima nada se puede hacer.  Cuando no hay unidad, en cambio, se es antinatural y se reniega del primer impulso humano.  Por lo tanto, el deseo de la unidad política es el deseo del Bien, la Verdad y de la inmortalidad. 
La división política es intrínseca a la esencia de la guerra y la discordia.  Este es un principio secundario que responde al miedo del hombre ante la dominación, pero que se ha sacralizado en las doctrinas políticas desde Maquiavelo, por más que los ordenamientos constitucionales digan otra cosa.  Con argumentos seductores se ha hecho creer que el principal proceso civilizador es fruto de la división, del dualismo, de los bloques en pugna, de la dialéctica, de la oposición y de la guerra, o sea, se ha exaltado lo conflictual, la negación del otro, su anulación e incluso su exterminio.  Ciertamente, este pudo ser un principio verdadero durante los 5000 años de historia, pero de ningún modo es válido en los momentos actuales ni en el horizonte futuro de la humanidad.
La Tierra existe en cuanto es una.  La unidad de nuestro mundo es primera.  En consecuencia, una Cultura Sudamericana sólo puede ser real en el pensamiento de gobernantes comprometidos con llevar a la Persona Humana por el camino de la unidad, de modo que el fin de quien gobierna es la armonía.  El político que no asume la ley cósmica de la unidad, puede ejercer el poder, pero jamás será un gobernante legítimo, ya que ignora el camino de la paz en el Universo. 

EL PODER

La política, como arte de gobernar, es una actividad cuya función es delimitar el poder y ejercer sus prerrogativas.  Su objetivo práctico es introducir en el grupo el orden y la disciplina para su subsistencia, desarrollo y evolución, por lo que el poder busca la creación de valores y virtudes, definiendo normas de comportamiento y un orden que debe observarse en la sociedad.  La defensa de estos fines justifica la puesta en marcha del poder del Estado, que, de este modo, se concibe como un medio para hacer el Bien y nunca un fin.
Conciente del inmenso desprestigio en que ha caído la política moderna, resulta fundamental reformular aspectos substanciales de las dos herramientas a las que se recurre a diario para la realización del orden, estas son: las armas y las leyes. 

La Fuerza de las Armas

Las Fuerzas Armadas y de Orden son el “brazo derecho” de la política.  Su potencia bélica es la que otorga a los países la capacidad de actuar libremente en el orden interno y externo, bajo la fórmula: a mayor fuerza, mayor libertad política.  En el estudio de la historia fácilmente se puede constatar que ninguna nación ha llegado a ser un Estado pleno y soberano sin el uso de la fuerza, ya que la guerra y el derramamiento de sangre constituyen la expresión suprema del valor, honor y alma de un pueblo.  Esto es necesario tenerlo presente en el orden de los conceptos políticos.  La guerra misma ha sido, en gran medida, un medio efectivo de adquirir bienes y poder, es decir, soberanía y libertad.
Sin embargo, llegado este momento, la conducción de las Fuerzas Armadas únicamente hacia la expansión territorial del más fuerte y el dominio, se hace cada vez más una Política de Estado menos legítima, cuestionada y excepcional, por cuanto contradice el naciente paradigma geopolítico estructurando a partir del hecho de la globalización y el principio de la interdependencia.  Gracias a la conciencia global, cada vez más, las naciones evolucionadas y sus Estados comienzan a darse cuenta que integran una única casa común, la Tierra, en donde civilizadamente se debe convivir, en donde cada uno es un ciudadano y en donde lo diverso enriquece al mundo.  Necesariamente este paradigma implica reformular la conducción de las Fuerzas Armadas y de Orden.  Ya no es racional seguir invirtiendo tanto presupuesto en una actividad cuyo fin último es la destrucción de otro Estado.  Esa política, propia del dualismo de los imperios universalistas, pudo ser una prioridad durante mucho tiempo, pero hoy no lo es.  En el orden internacional cada vez cobra más importancia la preservación de la paz, la armonía, la colaboración y el respeto.  Sucede que los límites geográficos de los Estados, salvo algunas excepciones, ya están bien delimitados y reconocidos, por lo que es una obligación respetarlos y reconocerles su autonomía y dignidad, al igual como se le reconoce el cuerpo al hombre.  En un siglo XXI donde las fronteras económicas prácticamente ya no existen, la protección de la cultura es una prioridad vital, inalienable, ya que garantiza la diversidad, la variación y el enriquecimiento cultural de la Tierra.  Creo que existen razones suficientes para que las funciones de las Fuerzas Armadas y de Orden se reorienten a tres objetivos fundamentales:

1.-Mantener una política de defensa de las fronteras físicas y geográficas, por si alguien desee violarlas y menoscabar el alma de una nación, su moral, sus creencias y  su cultura.


2.-Resguardar el orden constitucional, por si algún gobierno corrupto desea dominar al Estado e intentar someter al pueblo a una condición indigna de su calidad de soberano. 


3.-Desarrollar la ciencia y la tecnología enfocada a la exploración del Universo, para no peder competitividad estratégica.  Los mayores desafíos del hombre de armas están en la ciencia y no en la autodestrucción del ser humano.  Es preciso tener claro que el camino de salvación de la humanidad está en encontrar un mundo habitable donde poder evolucionar cuando el equilibrio de la Tierra se pierda para siempre, aunque para ello falten aún 5 mil millones de años.  

         Desde la creación de los ejércitos modernos en la Revolución Francesa, las Fuerzas Armadas y de Orden han constituido un poder por la defensa de la igualdad, la libertad y la fraternidad, es decir, por la defensa del pueblo, la República y el Estado.  Por esta causa, su profesionalización puede constituirse en un grave peligro para la búsqueda del equilibrio, ya que fácilmente alguien con suficiente poder económico, y existen muchos privados en ese rango, podría pagar los gastos de un ejército, arriesgándolo a perder las altas virtudes guerreras y a transformarlos en mercenarios a sueldo.  Opinará lo contrario algún Estado súper poderoso que busque la instauración de un gobierno mundial, claro está.  No obstante, el peligro de la profesionalización es sólo la reafirmación del riesgo que deben enfrentar los verdaderos guerreros del futuro.  

 

La Razón de las Leyes


Las leyes son el “brazo izquierdo” de la política.  Su poder regula y mide los actos humanos obligando a los miembros de una sociedad a obrar conforme a la razón, que es el primer principio operable en lo civil.  A la razón le compete ligar al hombre con la Verdad y el Bien, y, de este modo, permitirle alcanzar los momentos comunes de la felicidad.  Para lograrlo, la razón debe encaminarse concientemente a la sabiduría en la redacción de las leyes, ya que no es posible alcanzar la felicidad sin esta perfección. 
Las leyes justas son las que posibilitan y conservan los momentos de felicidad de la asociación civil, sustentando sus regulaciones en la virtud de la sabiduría.  Cualquier otro precepto ontológico sobre la legislatura, como tantos derivados de los intereses particulares que han predominado en el legislador moderno, no tiene poder de ley dentro del contexto de esta reformulación, menos legitimidad, ya que no se ordena al Bien Común o interés general.  El legislador del futuro tiene que ser sabio, pues la persona sabia naturalmente se orienta a la Verdad y es conciente de que tiene la obligación de hacer el Bien en todo momento.  Estos requisitos constituyen un imperativo, no exento de recibir presiones desde arriba, de aquellos que ejercen con más fuerza el poder maquiavélico, y desde abajo, de aquellos que lo reclaman con desesperación y ambición.  La verdadera obligación impuesta por las leyes se cumple en virtud de la sabiduría que ellas trasmiten al ciudadano, por lo que su promulgación oficial es imprescindible para que tengan fuerza imperativa y autoridad.  En este sentido, la ley no es otra cosa que el dictamen práctico de la sabiduría orientada al Bien Común o interés general del Estado. 
Únicamente la sabiduría garantiza que la ley opere por la Verdad y el Bien que necesita el soberano.  El problema es que desde hace mucho tiempo la sabiduría no es considerada en la legislatura ordinaria.  El Poder Legislativo se ha transformado en una especie de centro de superficialidad, insensatez y nesciencia, como si el pensamiento superior fuera un veneno para la felicidad del pueblo.  ¿Cuántos de nuestros parlamentarios sabe bien lo que está sucediendo en las ciencias de frontera, llamadas a dibujar los horizonte culturales del siglo XXI?  Si quieren más pruebas de la ineptitud, volved a observar el tenor de las ocupaciones de los políticos, amigastros de la banalidad, el dinero fácil, la radio, los diarios y la televisión.        
Como la sabiduría no se observa en el legislador moderno, es imprescindible decretar acciones que contribuyan a iniciar una concreta reformulación, requisitos superiores para todo quien desee integrar el Poder Legislativo.  La Constitución debe garantizar la altura del debate parlamentario, detener tanta necedad y maquiavelismo, imponiendo un método mucho más exigente de selección de los legisladores, ya que sólo los sabios de la sociedad tienen que tener el derecho, las prerrogativas y los privilegios de la escritura de las leyes de un Estado.  El espíritu de esta modificación implica hacer del Congreso la máxima autoridad moral en las disciplinas que ordenan a los países, para que el pueblo pueda encontrar ahí el refugio de sus derechos, la exigencia de sus deberes y, lo más importante, el ejemplo de lo que significa la sabiduría y el sacrificio por la sociedad.
Resulta imprescindible diseñar los mecanismos para que los sabios  ingresen a la actividad pública, permitiendo que el Estado cumpla de manera efectiva con la realización del Bien.  Las leyes tienen que reformularse hacia la sabiduría y, en consecuencia, hacia la virtud de la vida parlamentaria, exigiendo del ciudadano una mayor participación.  El Poder Legislativo tiene que transformarse en un órgano eficiente para ordenar las funciones básicas del Estado: Defensa, Justicia, Salud, Economía, Trabajo, Medioambiente, Educación, Ciencia, Bienestar Social, Cultura y Deporte.  Esto implica que la reformulación tiene que venir desde el mismo legislador y no de los legislados.  No puede ser que el Poder Legislativo se llene de hombres tan egocéntricos e incompetentes, amigos de partido, y, en consecuencia, de tanta admiración por las cosas superfluas de la existencia.  Eso demuestra estar encadenados en una cueva, como en el mito de Platón, contemplando apenas las sombras de las cosas verdaderas, riéndose del sabio como si fuera un chiflado y echándole fuera del epiciclo, o, en el mejor de los casos, recurriendo ocasionalmente a él cuando se necesita algo de nobleza y temple.  Lo que no resulta conveniente para nuestra evolución es que este tipo de legislador siga gozando del Poder Legislativo mucho tiempo más, ya que se dirá que el Congreso no tiene nada que ver con el servicio ni con la sabiduría.  Tanto poder no tiene que seguir estando en manos de enemigos del pueblo, que es el Cielo, personas simplistas que no les preocupa conocer las leyes del Universo, porque en el están los principios del derecho y deber supremo.  Tanto poder no tiene que estar en manos de individuos que tienen al poder como el fin último de la política, acostumbrados a trabajar bajo el mandato de las cofradías políticas y  conveniencias personales.  ¡Tanto poder en manos de políticos maquiavélicos, inmorales y anticristianos, garantiza la perdición del Estado!

La Reformulación de la Política requiere de nuevos protocolos, nuevos conceptos y de una renovación de los legisladores.  El que predomine el miedo de acometer esta reformulación, no implica que no se tenga el deseo de hacerla.  Mas si no se realiza, lo que queda es dejar al pueblo y a la Región en el miserable estado de pobreza en que se encuentran e ignorar la persistente emigración a la ciudad, donde la condición de la Persona Humana será aún más indigna y miserable.

 

 

 LA REFORMULACIÓN ECONÓMICA

¿Quién puede llegar a creer que el curso que ha tomado el capitalismo conduce hacia donde el mundo realmente desea estar?  ¿Cómo es posible que se siga viendo al consumo como el principal índice de bienestar social?  ¿No ha sido suficientemente clara la ciencia en responsabilizar a la industrialización como una de las principales causas de la crisis medioambiental de la Tierra?  ¿No es urgente una reformulación en la política económica?
Ningún futuro humanamente vivible es posible concebir bajo el paradigma del capitalismo clásico, fundado exclusivamente en la maximización de los beneficios personales y el consumo como el índice macroeconómico del bienestar.  Ciertamente el consumo puede significar crecimiento, dentro de ciertos parámetros relativos, pero de ninguna manera es equivalente al bienestar.  La pandemia de obesidad que afecta al Hemisferio Norte es una clara señal del problema, un fenómeno que contrasta con las  6 millones de personas que mueren al año por desnutrición. 

Desde el inicio de la Revolución Industrial a mediados del siglo XVIII el capitalismo se vio impulsado por el egoísmo y una equivocación elemental consistente en “administrar la casa” alimentando la codicia, la avaricia y la usura, a través de todos los medios posibles, construyendo un orden de deseos ilegítimos que terminó por arrojar al mundo a las garras de una máquina consumista.  La sacralización de la acumulación de bienes físicos tangibles como el dinero en bancos y administradoras de fondos tuvo su origen en una concepción antropológica extremadamente pesimista y en un puritanismo reaccionario, antinatural, arraigado fuertemente en el corazón de Europa por la Reforma Calvinista.  La inclinación espontánea del capitalismo a la depredación de los recursos ha puesto ahora los ojos en la Tierra, que si bien puede proporcionar lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, carece de los medios para satisfacer los vicios de cada hombre.  Erróneamente, el libremercado  mantiene al consumo como el principal fin de su actividad y a los factores de producción –tierra, trabajo humano y capital– como simples medios.  Subyace en la economía moderna una equivocación básica consistente en pretender transformar simples sentimientos irracionales, comportamientos humanos y costumbres, naturalmente cambiantes y complejas, en leyes rígidas de administración de los recursos.

Un peligro mayor de la economía capitalista ha surgido de la aplicación del conocimiento parcial, carente de sabiduría, al consumo desenfrenado de los recursos naturales, a gran escala, tal como lo presenciamos actualmente en la producción agrícola, pesquera, energética, de transportes y en un sinnúmero de otras cosas.  Se puede decir que el capitalista permanece en la ignorancia de creer que no hay límites para la aplicabilidad de sus impulsos económicos, esto es, ha dejado de estudiar una rama esencial de la economía, la metaeconomía, encargada del estudio del  hombre y su ambiente, la relación entre ellos y el equilibrio necesario para la preservación mutua en condiciones óptimas de sustento, algo esencial para la economía de los próximos mil años.  Mientras se continúe creyendo que todo tiene un precio por se parte del mercado, nada sagrado habrá y la economía seguirá violando sus límites, haciéndose cada vez más mala. 

¿Hasta cuándo las escuelas de economía enseñarán un capitalismo que no ha cambiado desde el siglo XVIII nada substancial?  En Sudamérica, el principal éxito de las reformas tecnócratas aplicadas durante las tres últimas décadas del siglo XX fue la consolidación del modelo clásico de desarrollo, según la fórmula consensuada en Washington: a mayor consumo, mayor bienestar social.  Las reformas tecnócratas –cambios de políticas respaldadas por instituciones financieras internacionales y reforzamiento de créditos condicionados a la aplicación de las reformas– , anunciadas como las más avanzadas ecuaciones de la ciencia, allanaron el camino para que bancos, empresas eléctricas, petroleras y de telecomunicaciones, redes viales y compañías de  servicios de agua y salud, se vendieron al sector privado a precios irrisorios: más de mil empresas estatales fueron privatizadas en el continente entre 1988 y 2000.  Este proceso incrementó el flujo de capitales hacia el continente, 14 mil millones de dólares en 1990, frente a 86 mil millones de dólares en 1997, antes de caer hasta 47 mil millones de dólares en 1999 como secuela de la crisis financiera asiática.  Otra consecuencia significativa fue la expansión de los volúmenes de las exportaciones, mayormente de recursos naturales, hacia diferentes destinos del mundo preponderante. 
Las reformas fueron desalentadoras en cifras de crecimiento económico, reducción de la pobreza, redistribución del ingreso y condiciones sociales.  El aumento real del PIB en Sudamérica fue escaso: uno por ciento anual durante toda la década de los 90, esto es, un porcentaje ligeramente superior a las cifras registradas en los años 80, pero muy por debajo de las tasas del 5 por ciento que se alcanzaron entre los años 60 y 70.  El desempleo aumentó y la pobreza ha seguido siendo amplia.  La región  ingresó al siglo XXI con más de 320 millones de personas y más de un tercio de su población viviendo en la pobreza, esto es, con ingresos inferiores a los 2 dólares diarios y casi 80 millones padeciendo la pobreza extrema, con ingresos inferiores a 1 dólar diario.  Los indicadores del desarrollo social han sido apenas favorables: las tasas de mortalidad infantil, de alfabetización y de escolaridad primaria mejoraron durante los años 90, pero la disponibilidad de agua potable ha continuado siendo escasa en sectores rurales y muy pobre la calidad de la educación pública.  En síntesis, Sudamérica continúa mostrando la mayor desigualdad mundial en cuanto a la distribución del ingreso y de los activos, incluida la tierra.  Simultáneamente ha aumentado la criminalidad, el descontento y la violencia social.  La población se ha desanimado y comenzado a padecer la llamada “fatiga reformista” o “depresión capitalista”: se siente que la economía es inestable, volátil e irracional, que sólo marcha bien para los ricos, que la calidad de vida es más baja y que la inequidad ha alcanzado índices sin precedentes.  La percepción laboral del presente no es favorable y la del futuro incierta.  De ahí que el ciudadano se muestre astuto en los empleos y en los presupuestos, lo que ha detonado una seguidilla de escándalos de corrupción.  Se persiste en la impresión de que el capitalismo es básicamente injusto y que detrás de los maravillosos adelantos subyace una desigualdad de oportunidades en materias que van desde la educación y el empleo a la participación política.  La aplicación de las reformas en Sudamérica varió de un país a otro, pero, en términos generales, logró consolidar el capitalismo.
¿Tiene la culpa el capitalismo?  En Chile y Sudamérica se culpa a las reformas tecnócratas por el lento crecimiento y progreso social con que se ha iniciado el siglo XXI.  Sin embargo, en realidad esta es una respuesta reduccionista, difícilmente justificable, ya que la economía es sólo un aspecto dentro de una problemática multicausal.  Algunos análisis minuciosos demuestran que sin las reformas tecnócratas la situación pudo haber sido peor: el ingreso percápita y la producción habrían sido inferiores, habría aumentado la inestabilidad, se habría agravado la pobreza y también la desigualdad de ingresos. 
El problema de estos razonamientos es que no son reconfortantes para una mayoría, especialmente para los pobres y los sectores medios, para los crónicamente desocupados y para los numerosos ciudadanos consternados y agobiados por la falta de oportunidades.  Es urgente incorporar a todos al circuito formal de lo económico, o sea, requieren una renta estable para acceder a los bienes y servicios, ya que también las empresas necesitan consumidores estables.  Sin embargo, el paradigma capitalista no ofrece perspectivas de mejorar la situación.  Por el contrario, grandes grupos económicos anónimos movidos por los vicios, únicamente están preocupados de la acumulación y de ver cifras positivas en sus cuentas corrientes.

Una cuestión fundamental de la reformulación económica consiste en encontrar el equilibrio entre el consumismo y la inmovilidad.  Por ello, la ley de equilibrio es una cosa muy distinta si una comunidad, provincia o región pobre se encuentra atada políticamente a una comunidad, provincia o región rica.  ¿Por qué?  Porque en una sociedad móvil y cambiante, como Occidente, la ley del desequilibrio es infinitamente más fuerte que la ley del equilibrio, es decir, nada tiene más éxito que el éxito y nada paraliza tanto como el estancamiento.  En otras palabras, una región próspera absorbe la vida de una región pobre sin ninguna protección, algo evidente en los casos de protectorados económicos.  Los débiles no tienen ninguna alternativa, ya que no  pueden ayudarse a sí mismos, es decir: permanecen débiles o tienen que unirse a los fuertes, bajos las condiciones que ellos imponen.

Mucho del nacionalismo actual de Sudamérica, llámesele el ideal bolivariano de unidad y su deseo de autogobierno y autonomía, es simplemente una respuesta a la urgente necesidad de evolución.  Para los países del Hemisferio Sur no hay más esperanza que agruparse en bloque y reformular la economía, con vista a un  desarrollo eficaz y verdadero, que pueda alcanzar a todas las zonas.  Si este esfuerzo no se realiza, las alternativas que quedan son: permanecer en el estado en que se encuentra Sudamérica o emigrar al mundo desarrollado donde la condición del extranjero será aún más miserable.

UN NUEVO PARADIGMA ECONÓMICO

Ningún economista trabaja por el futuro salvo esté preocupado por la sabiduría, ya que en toda ciencia el problema es siempre la verdad.  Quien la posee, tiene el control de la disciplina. 
La Reformulación de la Economía consiste en construir un sistema de administración tan perfecto que haga desaparecer por la misma estructura los sentimientos inmorales del capitalismo, obligando a cada actor económico a comportarse bien, no importando cuán inmoral se sea por dentro.  La clave de este salto consiste en instaurar el imperio de la sabiduría dentro del sistema económico, condición básica para el surgimiento de la virtud, la colaboración, la permanencia, la sustentabilidad y el equilibrio.  En la práctica, no es otra cosa que llevar una conducta personal prudente en los negocios y en la vida, es decir, tener un conocimiento profundo sobre las materias administrativas y un buen juicio en el gobierno de los actos individuales, expresado en una actitud reverente con el prójimo y no violenta con la flora y la fauna.  El sabio debe plantar un árbol cada varios años y cuidarlo hasta que esté bien crecido, pues así descubrirá el ciclo de la Naturaleza en lo sencillo y simple. 
La producción sabia de bienes debe basarse en fuentes de recursos locales para las necesidades locales, ya que la dependencia de importaciones de lugares lejanos y distantes es altamente antieconómica y justificable sólo en casos excepcionales y en pequeña escala.  Es fundamental no descuidar la diferencia que existe entre los combustibles no renovables como el carbón y el petróleo de los combustibles renovables como la madera y la energía hidroeléctrica, eólica y solar, ya que los bienes no renovables únicamente se deben utilizar si es indispensable, y aun así, con el máximo de los cuidados y una preocupación por su conservación.  Usarlos de otra manera es un acto de violencia contra la vida de todos, ya que si una población basa su vida en los combustibles no renovables, en realidad, vive parasitariamente del capital en lugar del ingreso, no aportando permanencia y, por lo tanto, no podría estar justificado por ningún tipo de política económica, salvo como una solución temporal.   Evidentemente la sobreexplotación de los recursos no renovables conduce de manera inevitable a la violencia entre los hombres, debido a que son fuentes limitadas.   

Medidas Reformuladoras: un índice macroeconómico sano e impuestos justos

 

La esencia de una Cultura Sudamericana de ninguna manera se encuentra en la multiplicación de los deseos, sino en la sabiduría que lleva a la purificación de la naturaleza humana, cuya substancia se modela básicamente por el trabajo realizado.  El trabajo del hombre debe ser adecuadamente realizado, es decir, en condiciones de dignidad y libertad, para que llegue a ser una bendición para los que lo hacen, sus familias y toda la sociedad.  El trabajo digno nutre el alma humana, reaviva al hombre más sencillo y lo impele a producir lo mejor de que es capaz, dirigiendo su  librealbedrío a lo largo de los caminos apropiados tendientes al bien, disciplinando al instinto animal que hay adentro de él por los causes del progreso,  desarrollo y evolución.  El trabajo bien remunerado proporciona una excelente experiencia para que el hombre ensanche su escala de valores y desarrolle su personalidad. 
Por el contrario, considerar que las mercancías son más importantes que el trabajo de la gente y el consumo más importante que la actividad creativa, significa trasladar el énfasis desde el trabajador hacia el producto del trabajo, o sea, de lo humano a lo subhumano: una rendición a las fuerzas materialistas.  ¿Cómo instaurar la sabiduría en una estructura capitalista?  ¿Tiene alguna solución un sistema tan enajenante?  Para el objetivo de instaurar la sabiduría en el sistema económico capitalista hemos pensado en dos medidas reformuladoras:  

1.-La primera medida consiste en reformular los índices macroeconómicos con los que se mide el bienestar social.  ¿Cómo es posible que el consumo sea sinónimo de crecimiento?  ¿Cómo es posible que el consumo sea el principal índice con que se  mide el bien de una sociedad?  ¿Cómo es posible que las acciones económicas de los gobiernos operen por regla general a corto plazo?  El capitalista está acostumbrado a medir el nivel de vida por medio del consumo anual, suponiendo que siempre que un hombre consume más está en mejores condiciones que otro que consume menos.  Este índice es extremadamente irracional, dado que el consumo, en realidad, es meramente un medio para el bienestar humano. 
Un índice macroeconómico sano debe ser capaz de reflejar la obtención de un máximo de bienestar con un mínimo de consumo.  Esto equivale a un estudio sistemático de cómo obtener fines productivos con un mínimo de medios, o sea, sustentabilidad.  Dado que los recursos físicos son limitados en todas partes, la gente que satisface sus necesidades haciendo uso menor de los recursos está naturalmente en una situación mucho menos belicosa y conflictual que la gente que depende de un uso mayor de los mismos.  Por ejemplo, si la finalidad de la vestimenta es obtener una temperatura confortable y una apariencia atractiva, la tarea consiste en lograr este propósito con el menor esfuerzo posible, con la menor destrucción anual de tela y con la ayuda de diseños que requieran menor cantidad de energía para realizarlos.  Cuanto menor sea el esfuerzo, mayor será el tiempo y las fuerzas reservadas para la creatividad.  Este índice que liga estrechamente a la simplicidad y la no violencia en la producción, se puede resumir en: alta satisfacción humana por medio de un bajo consumo.  Este modelo óptimo de consumo permite vivir sin grandes tensiones y cumplir con un principio moral básico para la evolución de la Especie Humana: “Deja de hacer el mal, trata de hacer el bien”.
2.-La segunda medida reformuladora consiste en aplicar impuestos substanciales sobre las utilidades de todas las grandes empresas y bancos transnacionales, con el único fin de generar riqueza y desarrollo estructural de la sociedad.  Un impuesto suficientemente reformulador es aumentar en un 50 por ciento la carga impositiva sobre las utilidades netas de las mencionadas empresas, similar al que se tiene en Europa.  ¿Existe acaso otra solución para el grave problema de la mala distribución de los ingresos?  ¿Es aceptable que tan pocos acumulen tanto capital sin ningún tipo de preocupación por la generación de riqueza, el bienestar del entorno y la sociedad?  ¿Cómo es posible que la economía funcione para que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres?  ¿No es un error que una parte del mundo bote montañas de comida mientras que 8 millones de personas, en su mayoría niños, mueran de hambre anualmente?  ¿Cómo es posible que los estándares de vida del mundo desarrollado tiendan a eternizar las diferencias con el Hemisferio Sur?  El capitalismo ha hecho que el hombre poderoso se acostumbre a vivir de la avaricia, sometiendo al resto a una competencia desenfrenada por el consumo. 
El fin de este impuesto no es otro que el bien y el desarrollo de la sociedad en su conjunto, aportando fondos para generar riqueza, es decir, para destinarlos a la investigación en todas las áreas del Estado, ya que el producto de la investigación es la riqueza.  En el caso de Chile, del porcentaje impositivo, el 5 por ciento puede distribuirse entre los empleados de la compañía –que pasarán progresivamente a ser mejores trabajadores y socios de la empresa–  y el 95 por ciento puede ser destinado en partes iguales al: desarrollo empresarial –a través de la CORFO–, la investigación científica –a través de FONDECYT y CONICYT– y el fortalecimiento de las estructuras sociales y públicas –a través del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y del gobierno–.  Con esta carga impositiva se puede generar un equilibrio entre la plusvalía, rentabilidad o utilidades de las grandes empresas y la justicia social o responsabilidad social empresarial, una armonía entre el interés individual y el interés social, entre el bien personal y el Bien Común, que debe tender a ser natural, aliados naturales. 
No hay sabiduría en un sistema económico donde el bienestar material se presente como el polo opuesto de la salud espiritual de la sociedad.  Por lo tanto, los valores y las virtudes se pueden mezclar exitosamente con los beneficios del desarrollo y la tecnología modernos, por lo que de ninguna manera una carga impositiva substancial sobre las utilidades de las grandes empresas puede significar perder competitividad.  Mejorar la distribución de los ingresos no será nunca el resultado de una acción económica derivada de la libre voluntad de un capitalista, sino únicamente por la voluntad soberana del Estado sumada al poder existente en la burocracia. 

La instauración de estas dos medidas reformuladora generará cambios orgánicos en la administración del Estado y la sabiduría comenzará a propagarse como un anticuerpo contra los males del capitalismo, lo que ayudará a dar a conocer los conceptos renovadores de un nuevo paradigma económico, como los que siguen:

 

La permanencia

La permanencia es el principal concepto económico que sintetiza a la sabiduría.  De esta manera, el rico es el que menos necesita, no el que más consume y acumula.  El ideal original de la Persona Humana es un estilo de vida sencillo, con un número prudente de bienes y, si se está a la altura de su reputación, todas las posesiones se utilizarán con desapego y generosidad hacia la sociedad.  Si la permanencia es un ejemplo exhibido desde arriba por los líderes de la sociedad, enseñará un nuevo modo de vivir. 
La permanencia es incompatible con la actitud depredadora que se ha proyectado en tantos absurdos, como el hecho que nuestras necesidades actuales antes eran lujos para nuestros padres.  Nada de lo mencionado significa desdeñar los progresos materiales alcanzados y los avances tecnológicos que han ampliado nuestro cuerpo en uno más extenso, sino darles el lugar que les corresponde dentro de la evolución, o sea, verlos como medios para nuestra evolución y no transformarlos en fines de nuestros deseos.  En este sentido, es necesario desarrollar tecnologías que estén virtualmente al alcance de todos, o sea, se requiere una reorientación de la tecnología hacia lo orgánico, lo amable, lo no-violento, lo ecológico, lo elegante y lo hermoso que se observa en la Naturaleza.  De no concebir la permanencia como un ideal económico para el futuro, la Tierra continuará incrementando su reacción contra la acción depredadora del capitalismo. 

 

La filosofía del trabajo

El trabajo es lo que distingue al hombre de la Realidad, es decir, representa la principal actividad que le otorga una identidad, un sentido y una razón de ser, permitiéndole cumplir su fin como ser político y participante de la sociedad, o sea, es una función esencial para el bien del cuerpo y alma de la Persona Humana.  Después de la familia, el trabajo y las relaciones establecidas por el trabajo son las que representan el fundamento más sólido de una sociedad libremente constituida. En consecuencia, de todas las acciones económicas existe la prioridad de concebir una adecuada filosofía del trabajo que cambie radicalmente lo que ha llegado a ser el trabajo, esto es, una tarea inhumana a ser reemplazada en lo posible por la automatización y las máquinas.
El trabajo no puede continuar siendo, ni llegar a ser nunca, algo sin sentido, aburrido, que idiotice y enerve sistemáticamente, ya que indica una mayor preocupación por las mercancías y productos que por las personas, una diabólica falta de compasión y un grado de inclinación hacia el nivel más primitivo de la existencia.  El trabajo tampoco puede guiarse más por la ley de bronce del capitalismo, consistente en pagarle al trabajador lo mínimo para su subsistencia.  Trabajo y ocio son partes complementarias de un mismo proceso vital y no pueden ser separadas sin destruir el gozo del trabajo y la felicidad del ocio y la vida familiar.  ¡No es humano trabajar para vivir!  Por ello, la filosofía del trabajo tiene que cristalizarse en cuatro aspectos:

1.-Dar al hombre una posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades.
2.-Ayudarlo a liberarse de su egocentrismo, uniéndolo a otras personas en una tarea común.
3.-Producir los bienes y servicios necesarios para una vida sustentable de la sociedad y el planeta.
4.-Dividir el día en 8 horas para trabajar, 8 horas para dormir y 8 horas para el ocio.  

¿Qué sentido tiene que el proceso de producción elimine del trabajo todo atisbo de humanidad para transformarlo en una mera actividad mecánica?  En muchísimos  casos, el trabajo físico industrial y la ley de bronce del capitalismo se han transformado en instrumentos de perversión y dominación, ya que mientras la materia muerta y los servicios salen mejorados de las industrias, fábricas y empresas, es precisamente allí donde las personas son degradadas y corrompidas.  “Toda tecnología y maquinaria –decía Gandhi– que ayuda a un individuo tiene un lugar justificado.  Pero no debiera haber sitio para máquinas que concentran el poder en manos de unos pocos y tornan a los muchos en sus meros cuidadores, si es que éstas no los dejan antes sin trabajo”.  El límite más alto de la inversión de capital por puesto de trabajo debe ser dado por el ingreso anual de un trabajador industrial hábil.  Esto significa que si un obrero gana 500 mil pesos anuales, el costo promedio del establecimiento de su puesto de trabajo de ninguna manera puede exceder los 500 pesos.

 

El Pleno Empleo

Un elemento fundamental de la reformulación  económica consiste en una planificación para el pleno empleo, algo estructuralmente inconcebible por el pensamiento capitalista, cuya tasa de cesantía óptima bordea el 10 por ciento de la fuerza laboral de un país.  El pleno empleo consiste en proporcionar un trabajo fuera de la casa para todo aquel que lo necesite.  Por ejemplo, permitir que las madres e hijos pequeños trabajen en fábricas, casi siempre mal pagados, mientras los niños andan sueltos y los maridos cesantes, es tan antieconómico como a los ojos de un capitalista lo es emplear de soldado a un obrero.  Asimismo, no todas las mujeres necesitan un trabajo fuera de la casa, por lo que el empleo de mujeres a gran escala en oficinas y fábricas puede transformarse en un signo de fracaso económico total de la sociedad y una fuente de problemas familiares.  
¿Cómo lograr el pleno empleo?  La clave para lograrlo es la simplicidad de lo pequeño y la no violencia, es decir: desarrollar medios productivos sorprendentemente pequeños que conduzcan a resultados extraordinariamente satisfactorios.  Esto no significa la maximización de la producción, ni la maximización del empleo, por el contrario, el pleno empleo apunta a la liberación del hombre dentro del marco de un sistema social propiamente orgánico, tanto como el capitalismo está interesado en las mercancías a costa de un hombre sometido a los engranajes de una sociedad mecánica.

 

Lo pequeño

Las operaciones económicas a pequeña escala, no importa cuán numerosas sean, son siempre menos propensas a causar daño en el medioambiente que las de gran escala, simplemente porque su fuerza individual es pequeña en relación con las fuerzas de recuperación de la Naturaleza.  Es obvio que los obreros organizados en pequeñas unidades tendrían mejor cuidado de su pedazo de tierra u otra fuente de recursos naturales, que compañías anónimas o gobiernos megalómanos que se engañan creyendo que el Universo es su cantera legítima de explotación. 

 

 

 

LA REFORMULACIÓN EDUCACIONAL


Desde siempre Chile ha cargado la mochila de una crisis educacional, que año a año se hace más grave.  Una solución realista a la compleja problemática educacional que también afecta a Sudamérica, no pasa por abordar un solo aspecto, sino tener una visión global.  De no cumplir con esta condición reformuladora y seguir invirtiendo multimillonarias cifras dentro del paradigma actual de la educación, sumamente ideologizado, probablemente perpetuará la crisis educativa que afecta a Chile desde el mismo origen de su nación.  De ahí que plantearemos cuatro aspectos fundamentales para un imprescindible ejercicio teórico de reformulación, a saber:



1.-Ciencia e investigación en la educación.


2.-La condición laboral de los profesores.


3.-Una crítica a la Reforma Educacional.


4.-El eterno éxito de la Perfección de la Sabiduría.

 

Ciencia e Investigación en la Educación

Como realidad histórica efectiva, nuestro país, al igual que cualquier otro, ha adoptado libre y concientemente una forma concreta de ser basada en una creencia o visión del mundo que no puede ser cambiada a voluntad, como un traje, sino que es como el agua al pez, es decir: una condición esencial para la vida que se ha llevado.  La nuestra ha sido el catolicismo que, desde mucho antes de nuestra independencia, había funcionado como antagonista de la ciencia e investigación, bajo la matriz y convicción de la existencia de un conflicto irreconciliable entre Fe y Razón, entre la tradición religiosa y la científica, como lo defiende la Nueva Ortodoxia Católica.  Los diferentes ámbitos culturales de Chile han respondido a esta creencia, que ha funcionado como núcleo unificador para una determinada concepción ontológica del mundo. 
Esta forma de ser o creencia, propiamente anticientífica, se comenzó a estructurar en el mismo momento de la formación de la nación y, en una segunda etapa, se consolidó definitivamente en el momento de la organización del Estado de Chile. 
La historia recuerda que el proceso de independencia de Chile comenzó en Europa influido directamente por los postulados de la Revolución Francesa.  Napoleón Bonaparte, al extender su poderío y conquistas en los nuevos Estados creados, fue instaurando todos los principios y reformas de la Revolución Francesa que contribuyeron a estructurar políticamente la sociedad contemporánea, donde destacan: el Código Napoleónico; la abolición del feudalismo y la servidumbre; la libertad de culto (salvo en España); el constitucionalismo (que contemplaba el sufragio universal masculino, la declaración de derechos y la creación de un Parlamento); la creación de las primeras escuelas supeditadas a una administración centralizada; y, el libre acceso a la educación sin importar la clase social o religión.  Mención aparte fue la creación de una Academia o Instituto científico en cada nuevo Estado, destinado a la promoción de las ciencias y artes, al tiempo de cumplir con la misión de financiar el trabajo de los investigadores, principalmente científicos.  La Europa napoleónica comprendió entonces la importancia de la investigación, que la meta de la ciencia es la Verdad –una verdad perfectible y no dogmática–, y que el trabajo de los hombres que se consagran a este fin debe atenerse a la máxima integridad moral, concepto esencial de un sistema democrático desarrollado.  Esta reforma científica, propiamente civilizadora, fue asimilada claramente por la política de Europa hace más de tres siglos y en los Estados Unidos, desde hace dos, siendo uno de los factores relevantes que contribuyeron a la emancipación y desarrollo de la mujer.  En este sentido, el gran mérito de la ciencia y de su método –fundado por René Descartes–, más que habernos liberado de las enfermedades, fue redimirnos de las cadenas de la ignorancia y superstición.  Se aprendió entonces que el producto de una investigación guiada por el método científico no es otro que la riqueza, es decir, otorgarle valor agregado a la producción de bienes tangibles e intangibles.  Desde ese tiempo, todos los países que omitieron esta fórmula –la creación de una Academia científica– cometieron una negligencia grave y peligrosa para la evolución de sus sociedades.  Los éxitos de los programas científicos de los siglos XIX, XX y XXI –sólo equiparados por los sorprendentes desarrollos alcanzados en Mesopotamia durante el período de Uruk (3.750-3150 a.C), donde se inventó la rueda, la vela y la escritura, entre otros– no debiesen dejar lugar a ninguna duda.   Lamentablemente, tal omisión ocurrió en Sudamérica y Chile desde el momento de la independencia.
Sucedió que en 1808, cuando Napoleón nombró a su hermano José Bonaparte, rey de España, se impulsó la redacción y publicación de la Constitución de Bayona, que reconocía en su artículo 25 la autonomía de las provincias americanas del dominio español, así como los principios administrativos del Estado revolucionario francés.  A partir de ese momento las guerras autonómicas comenzaron en toda Sudamérica, y finalizaron, al cabo de algunos años, con la independencia de los países de la Región. 
En el caso de Chile el proceso independentista principió en julio de 1810 con la revolución liderada por Bernardo O’Higgins, que sustituyó al gobernador español, Francisco Antonio García Carrasco, y terminó en 1818 con la Declaración de Independencia en la ciudad de Talca y la promulgación de la Constitución de ese mismo año.  Sin embargo, de todos los principios revolucionarios franceses que se implementaron en Chile, lamentablemente se omitió el más importante para generar riqueza y desarrollo estratégico: una Academia de Ciencias encargada del desarrollo de la investigación científica.  [La Academia de Ciencias de Chile sólo se organizó tímidamente en 1965 a instancia de algunos hombres notables].  La ausencia de esta reforma fue una de las principales causas del estancamiento científico, e influyó en la pobreza educacional en que se ha mantenido a Chile y Sudamérica desde entonces, región que en la actualidad sólo realiza el 1 por ciento de la investigación científica mundial.  La poca investigación, pues, ha sido un factor determinante de la mala calidad de la educación chilena, ya que la ciencia, por definición, es un bien, tal vez, el bien más preciado para el hombre contemporáneo, porque sin ciencia no pueden existir otras libertades fundamentales a las que se apela continuamente.  Sin embargo, hay hombres públicos, pseudoacadémicos, que se jactan de no haber enseñado investigación en las universidades durante los últimos 30 años. 

Para mejorar la educación es necesario excluirse del discurso de aquellos apologistas e ideólogos que critican a la ciencia y tecnología como las causantes de los males de la sociedad.  Hace mucho tiempo que es el humanismo el que falla en Occidente.  No la ciencia.  La política.  La filosofía.  La religión.  La psicología.  La sociología.  La educación.  No la ciencia. 
Ya nada parece posible en un siglo XXI sin ciencia y tecnología, y más, el espíritu de la ciencia es el que hoy sale al rescate de nuestra educación y cultura, lo mismo que se supo expresar políticamente en los países del Hemisferio Norte hace siglos.  Basta recordar que los momentos más felices de la Cultura Occidental pasaron por el desafío directo a unas leyes universalmente aceptadas, comandado por hombres como Galileo, Copérnico, Newton, Darwin y Einstein, quienes sacudieron los cimientos de unos sistemas supuestamente inmutables, allanado de este modo el camino de la verdad, el progreso y la evolución.  Desde luego los científicos no tienen el monopolio de la sabiduría, ni de todas las soluciones; sin embargo, el espíritu científico, aplicado a todas las áreas del conocimiento es el más apropiado para buscar soluciones y proponer remedios en la educación. 

Resulta esencial reformular la actitud que ha primado en la elite intelectual de Chile en los siguientes sentidos: la investigación en educación y en ciencias humanas sí genera soluciones domésticas a problemas domésticos; soluciones a muchos problemas sí existen en el país y son más prácticas que traerlas del extranjero; las soluciones resultantes de la investigación en Chile son más baratas y están diseñadas para funcionar en nuestra Región; asimismo, la innovación resultante de una investigación científicamente orientada no tiene fronteras, por lo que un chileno innovador es lo mismo que un estadounidense o un alemán innovador.  Repensar transversalmente la actitud anticientífica que ha primado en Chile es vital, no sólo para un mayor bienestar económico de todos los sectores de la sociedad, sino también para la integración al Mundo Global, evitar la marginación, la excesiva dependencia del Hemisferio Norte y el riesgo de caer en la falta de competitividad.  Por estas razones es oportuno recomendar las siguientes acciones tendientes a dar una solución eficaz a la problemática general de la educación:

1.-La primera misión consiste en consolidar una Política de Investigación Científica a largo plazo en todos los campos del conocimiento, capaz de garantizar la creación de una estructura burocrática que conecte eficazmente a universidades, empresas, comunidades educativas y Estado.
2.-En segundo término, se requiere de una masa crítica de investigadores en áreas humanas y educacionales, capaces de participar en la formulación de proyectos de investigación de alto impacto y en la transferencia de conocimientos hacia los diversos sectores de las comunidades educativas, facilitando la progresiva conformación de grupos y equipos docentes altamente preparados. 

         Ante el tremendo desafío de promover la ciencia y la investigación en un país donde históricamente no se ha cultivado, vale la pena señalar que Chile posee importantes ventajas comparativas sobre otros Estados de la Región, basadas en su estabilidad económica-política y su bajo riesgo país (que son aspectos valorados en el extranjero para invertir y destinar capitales); así como el hecho de ser una nación eminentemente teórica en el campo de las ciencias, lo que sustenta una inmejorable instancia para el comienzo de una investigación aplicada con buenas perspectivas.  Asimismo, resulta estimulante destacar el silencioso inicio de la investigación en diferentes áreas, cada vez más amplias, orientado por una política de generar conocimientos e innovaciones exportables que signifiquen la apertura de nuevos mercados y espacios profesionales.  Durante los últimos años el Estado chileno ha destinado valiosos esfuerzos a la promoción de la investigación en ciencias y artes, creando los mecanismos para acceder a fondos concursables, inexistentes hasta hace poco, canalizados principalmente a través de la Corporación de Fomento (CORFO), la Comisión Nacional de Investigación de Ciencias y Tecnologías (CONICYT), los Fondos de Investigación en Ciencia y Tecnología (FONDECYT), el Ministerio de Planificación y Cooperación (MIDEPLAN) y el Fondo Nacional del Arte (FONDART), sin mencionar las becas entregadas por fundaciones que también estimulan el proceso.  La red de posibilidades que abren estos fondos es amplia y puede ser aprovechada por investigadores y doctores ya formados, así como por jóvenes estudiantes.  En efecto, los mismos alumnos, guiados por académicos de mayor experiencia y metodólogos, pueden constituirse en futuros innovadores capaces de generar proyectos creativos de alta rentabilidad, disponiendo de recursos, abriendo oportunidades laborales y generando riqueza a bajo costo en la educación.  De hecho, la transferencia continua de conocimientos a la juventud constituye una norma irrenunciable dentro de esta reformulación, y, a largo plazo, una garantía de éxito. 
La investigación es fundamental para que la educación pase de una etapa centrada en la formación a la de incorporación de riqueza, creatividad y proactividad en su producción.  De ahí que el vínculo educación-ciencia-investigación deba estrecharse, si los verdaderos fines de la sociedad son la prosperidad de la vida de la persona humana.  La red de inteligencia que se genera dentro de este eje constituye un elemento imprescindible en la actualización competitiva de la educación chilena, enfrentada a mayores desafíos y a la apertura de oportunidades que requiere la situación del país.
Chile, al igual que la mayoría de los países sudamericanos, recién ahora está comenzando a comprender la importancia de la ciencia e investigación, aunque persisten las erradas voces que siguen sosteniendo que la ciencia y la tecnología son los causantes de los males de la sociedad.  Resulta esencial, entonces, reformular o al menos abrir la actitud que ha primado en la elite intelectual del Chile, léase: la investigación (en educación) sí genera soluciones domésticas a problemas domésticos; soluciones a muchos problemas sí existen en el país y son más prácticas que traerlas del extranjero; las soluciones resultantes de la investigación en Chile son más baratas y están diseñadas para funcionar en nuestra Región; asimismo, la innovación resultante de una investigación científicamente orientada no tiene fronteras, luego, un chileno innovador es lo mismo que un estadounidense o un alemán innovador.  Renovar aquella actitud anticientífica es necesario no sólo para un mayor bienestar económico de todos los sectores de la sociedad, sino también para la integración en el Mundo Global, evitar la marginación, la excesiva dependencia y el riesgo de caer en la falta de competitividad.  En consecuencia, se recomienda considerar –al menos– cuatro  aspectos  más en la política educacional: 

1.-Apoyar proyectos de investigación relevantes a nivel mundial.
2.-Implementar una estructura de formación continúa de nuevos investigadores en las universidades.
3.-Promover la formación de equipos de investigadores permanentes al interior de las comunidades educacionales –como doctores o postgraduados calificados– orientados a proyectos concursables.
4.-Incorporar a la ciencia –poseedora de un lenguaje sin ambigüedades, comprendido en las naciones más diversas– e investigación como enseñanzas transversal del los programas educacionales.

La manera cómo un Estado interpreta el mundo depende mucho de la clase de educación que llena las mentes de sus ciudadanos.  Si es insignificante, débil y superficial, la vida parecerá insípida, aburrida y penosa.  El sinsentido resultante puede facilitar el camino para que todo un pueblo se deje llevar demasiado fácilmente por nociones erradas de desarrollo.  No es necesario insistir que este es uno de lo grandes peligros de nuestra época y Región.  Es así como dentro de este proceso de reformulación de la Educación chilena resulta esencial la generación ciencia e  investigación de alto nivel.


La condición laboral de los profesores

Sin profesores de calidad no es posible una educación de calidad.  Esta premisa, sin embargo, choca estrepitosamente con la realidad oficial de la docencia chilena y también tiene un efecto preponderante en la mala condición laboral de los docentes.  A modo de ejemplo panorámico, según el Ministerio de Educación, de un total de 10.415 profesores de enseñanza media y básica del sector municipal que se sometieron a la evaluación docentes el 2007: un 8,3% resultó destacado, un 33,2% resultó ser básico, el 56,5% quedó en el segmento de competente y un 2% obtuvo resultados insatisfactorios.  Esto significa que los profesores más importantes para mejorar la calidad de la educación son una especie de excepción a la regla general, factor que repercute en la educación superior posteriormente.  En efecto, el escenario nacional de ninguna manera tranquiliza a nivel universitario.  Un estudio del Consejo Superior de Educación del 2007 comprobó que el 46% de los estudiantes universitarios no entiende lo que lee y el 32% no cuenta con la capacidad para asociar contenidos de más de una disciplina.  La mayoría tiene malos hábitos de aprendizaje: estudia un día antes del examen, no relaciona contenidos y retiene definiciones de memoria sin poder descifrarlas correctamente, o sea, la mayoría de los estudiantes universitarios está desarrollando un conocimiento superficial, lejano de los estándares internacionales.  Quizá esto se resuma en el hecho que un alumno universitario estadounidense lee dos veces más que el chileno. 
El panorama educacional se oscurece si recordamos la relación existente entre el alto consumo de televisión y la disminución de la comprensión lectora.  Los chilenos ven de promedio 3 horas al día, en cambio, 2 horas de televisión ya se consideran excesivas en Alemania.  Varias investigaciones demuestran que la televisión cultiva, a largo plazo, reacciones violentas en los niños, actitudes ideológicas irracionales y hábitos innecesarios de consumo.  Dos argumentos de Jerry Mander para controlar la televisión son los siguientes: 1.-El primero es ecológico y sostiene que el ambiente artificial moderno que presenta la televisión ha llegado a convertirse en una barrera entre los seres humanos y los procesos naturales.  La televisión acelera el proceso de confinamiento, o sea, el conocimiento queda supeditado a la recopilación y diseminación tecnológica, mientras que las experiencias humanas y el conocimiento personal asociado a ellas, comienza a atrofiarse.  Por ejemplo, el silencio espectral bajo el mar o la reverencia que inspira la cordillera cuando se está en ella, constituyen experiencias imposibles de comunicar por televisión.  En otras palabras, lo que logra la televisión es confinar las experiencias naturales, creando una falsa sensación de haberlas vivido, por lo que propiamente es reduccionista.  2.-El segundo argumento es político y afirma que la televisión deja la mente expuesta a la intervención autocrática, es decir, llega a ser un instrumento de colonización psíquica y dominación humana por una cierta mentalidad económica y estilo de vida que sólo sirve a una forma de organización política.  De este modo, algunos se han atrevido a predecir que la televisión se constituirá en un enemigo de la democracia hacia el año 2058. 
Dentro de este contexto, la cuestión de la condición laboral del profesor se perfila como un tema clave en el nivel de la acción educativa del país, muy por sobre las inversiones en implementación tecnológica e infraestructura.  En general, las remuneraciones de los profesores son bajas en Chile al igual que en el resto de Sudamérica.  Hacia fines de los años 70 el profesor chileno promedio ganaba alrededor de un 30% más que el actual, esto es $570.000 para un docente de 20 años de servicio en una jornada de 44 horas semanales, mientras que en la actualidad la cifra es de $440.000.  Los bajos salarios tienden a desalentar a los buenos estudiantes a ingresar a las carreras universitarias de pedagogía, reduciendo de paso las exigencias de entrada a esta profesión.  Esto es muy significativo porque la calidad y la consideración social de cualquier trabajo dependen mucho de la clase de remuneraciones que se perciba.  A mayor remuneración, mejor es el trabajo y su percepción, pero, si las remuneraciones son insignificantes y débiles, la educación también tenderá a ser insípida y aburrida.  Por otro lado, al no estar relacionadas las remuneraciones actuales con el nivel de desempeño, se perpetúa otro factor de desmotivación del docente para mejorar la calidad de la docencia.  Este panorama perfectamente puede extrapolarse al ámbito universitario, donde una gran mayoría de profesores carece de buenos sueldos y condiciones laborales.  Basta recordar la enorme distancia que existe con Japón, donde uno de los mejores sueldos es el que percibe el profesor universitario.  Así y todo, los aranceles del sistema universitario chileno están entre los más caros del mundo.  Ya no es necesario señalar más que el factor económico es uno de lo grandes peligros de la mala calidad de la educación chilena. 

 

Una crítica a la Reforma Educacional chilena

La Reforma Educacional chilena –como se vió en el Capítulo V– es una buena mezcla entre el construccionismo del modelo español y la orientación a las competencias del modelo estadounidense, simbiosis que aún no ha mostrado resultados positivos.  Las autoridades responsables, privadas y públicas, se han limitado a copiar dichas experiencias y a extenderlas a esta realidad social sin detenerse a reflexionar sobre los resultados que han tenido dichos modelos en los citados países del Hemisferio Norte. 
En el caso de España la reforma constructivista ha significado: una nivelación general de la educación hacia abajo; el profesor ha perdido autoridad y disminuido las exigencias académicas; los estudiantes se han alzado en las calles y vuelto irrespetuosos en muchos casos, a lo que se suma una actitud acrítica con su propio aprendizaje fomentada por un exceso de evaluaciones a sus profesores.  Para la Universidad Complutense de Madrid, una de las de mayor prestigio del ámbito iberoamericano, lo peor ha sido que los mejores estudiantes españoles han emigrado a estudiar fuera del país, principalmente, a institucionales anglosajonas donde se cultiva un modelo de educación bastante tradicional, es decir, exigente, disciplinada y muy rigurosa, conceptos que en Chile, lamentablemente, se han transformado en sinónimos de dictadura militar y oscurantismo religioso.  ¡Vaya engaño!  En el caso de los Estados Unidos, guardando la prudencia de tener plena conciencia de que es un país desarrollado, al igual que España, la educación también ha ido en descenso en directa relación con el consumo masivo de los juegos de video, la televisión y el entretenimiento.  La excesiva orientación al hacer, a la práctica y a construir el aprendizaje en torno a ciertas competencias predeterminadas, no aplicables a todos los jóvenes, ha ido en directo detrimento del pensamiento reflexivo y fomentado una actitud superficial que ciertamente ha acarreado consecuencias nefastas para la sociedad estadounidense como la desigualdad, la intolerancia y la inflexibilidad.  Que decir del negocio de la educación superior en los Estados Unidos, cuyo excesivo aumento de los aranceles está dejando fuera del sistema a miles de estudiantes, familias en crisis económica que no pueden solventar dicho gasto, generando paradojalmente lo contrario al discurso que diera origen a esa nación, esto es, el derecho intransable a una educación de calidad para todos.  Basta decir que los pobres, o sea, los excluidos del sistema educacional en dicho país suman 45 millones de personas.  Los Estados Unidos han lanzado al mundo entero a las puertas de un premio sin medida y de una catástrofe mundial.  A pesar de esta situación, ambos países han demostrado saber hacer bien las cosas en beneficio de ellos mismos, ya que el construccionismo funciona bastante bien en estudiantes responsables, autónomos y disciplinados, que no necesitan un profesor encima, es decir, para estudiantes mayoritariamente de postgrado.  Algo que en Chile de ninguna manera ha quedado claro.
La educación en Chile nunca ha sido una prioridad en los modelos de desarrollo estratégico, menos la ciencia, tampoco la cultura, sí, en cambio, la economía y el mercado bancario.  Esta realidad se resume en una cifra nefasta que aterriza todos los discursos grandilocuentes de anhelos de desarrollo, ya que: no más del 18 por ciento de la fuerza laboral del país ha pasado por la educación superior.  ¿Por qué es dramática esta cifra?  Para aspirar al desarrollo este índice tiene que llegar como mínimo al 50 por ciento.  ¡Qué no extrañe, pues, el desastre del Transantiago!  Una buena idea copiada, para variar, de Europa, como la reforma educacional, pero sin una mano de obra competente para implementarla.  Lamentablemente Chile se ha limitado a copiar modelos extranjeros exitosos, sin hacer el correspondiente análisis interno.

 

El eterno éxito de la disciplina y la exigencia académica

La cruda y desapasionada realidad educacional de Chile, similar a la de muchos países sudamericanos, exige, aún más, la necesidad de buenas escuelas, colegios,  universidades y mejores profesores, condiciones esenciales para cumplir con las aspiraciones de desarrollo.  Este modelo formativo que se necesita, en gran medida, se puede resumir en la siguiente fórmula: libre acceso a la universidad, exigencia y disciplina en la formación y excelencia en el egreso.  Creo que estos conceptos resumen bastante bien el esfuerzo de la tarea educacional y la misión de todos los que trabajan por sacar al país adelante.
Desde hace diez años dicto clases en diversas universidades, privadas y públicas.  Entre ambos modelos señalaré la que a mi juicio es la más grande diferencia, a saber: los estudiantes en las universidades públicas constituyen un grupo más homogéneo y parejo en cuanto a las habilidades de aprendizaje y disciplina de estudio, mientras que en las universidades privadas los cursos son más heterogéneos en estos sentidos, es decir, hay algunos alumnos brillantes y otros que, incluso, pueden presentar deficiencias genéticas para la compresión y el aprendizaje.  Con esto quiero decir que  un estudiante puede estar en la mejor universidad del mundo y no generar ningún tipo de avance, o sea, si bien el medio externo condiciona y estimula el aprendizaje, fundamentalmente, el éxito profesional depende del propio estudiante comprometido consigo mismo, con su familia y con su profesión, no importante mucho en qué universidad esté.  En lo concreto, esto se puede resumir en algo tan básico y simple como el eterno éxito de la disciplina y la exigencia en la educación.  En efecto, la experiencia ha enseñado que una educación superior exitosa no es para todos, sino únicamente para aquellos jóvenes que en verdad desean estudiar y se comprometen con su propio perfeccionamiento, es decir, con las exigencias elementales de la academia como: asistir siempre a clases, tomar buenos apuntes, estudiar con antelación para todos las pruebas, ejercitar los conocimientos y leer diariamente algo sobre su propia disciplina.  En otras palabras, el éxito depende fundamentalmente de la disciplina y la exigencia académica, y no hay mucho más bajo el Sol.  Sin embargo, estas directrices de ninguna manera las tienen claras muchas instituciones educacionales, especialmente universidades privadas, que ven a la educación como un negocio más y al estudiante como un cliente a satisfacer, al cual hay que aplicar las reglas del mercado y nada más; esto es, si quiere menos exigencia y menos disciplina, hay que dárselas para hacerlo feliz.  ¡En la educación esto es un buen negocio para la institución y un pésimo negocio para la familia del estudiante!
En el ámbito universitario una experiencia exitosa ha consistido en exigirles a los estudiantes de sectores privados lo mismo que se les exige a los estudiantes de las universidades públicas.  Comparativamente, el resultado ha sido notas inferiores, pero el resultado a cambio es el aprendizaje efectivo y el perfeccionamiento personal.  Por lo tanto, elevar los estándares de exigencia no es de ninguna manera un mal para el estudiante, por el contrario, es un bien.  De la misma manera, calificar con notas buenas o sobresalientes a estudiantes que nos se lo merecen, crea un falso sentimiento que se acabará cuando salga a buscar trabajo, donde las notas no reflejarán las competencias que se dicen tener.  En otras palabras, el sistema  educacional tiene que reformular el significado de la masificación de la educación.

Un avance a los dramáticos problemas educativos que atormentan al país e imposibilitan  alcanzar el desarrollo para el Bicentenario, corresponden por igual a políticos, educadores, economistas, filósofos y especialistas de otras disciplinas.  Sin embargo, no hay que olvidar que los fundamentos de la educación siempre han sido y serán la búsqueda del conocimiento, la cultura y la sabiduría, es decir, es perfeccionamiento moral y humano.  En el fondo ese es el producto más precisado de la educación, por más que en segundas instancias sirva para encontrar un mejor trabajo y ascender en la escala social.  Por lo tanto, cualquier intento de reformulación de la educación se juega su éxito final en el terreno del profesor, es decir, al interior de la sala de clases, por lo que la esencia de la educación seguirá siendo la comunión entre el maestro y el discípulo.

 

 

1 Véase La Reformulación Filosófica.

2  En números: se redujo la inflación a un solo dígito casi en todos los países de la Región; disminuyó el promedio del déficit presupuestario del 5 al 2 por ciento aproximadamente; se redujo la deuda externa pública del 50 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) a menos del 20 por ciento; y, se facilitó la apertura comercial haciendo descender el promedio de aranceles desde más de un 40 por ciento a casi 10 por ciento.  Esta liberalización descartó el control directo de créditos por parte del Estado, además, se desregularon las tasas de interés, se iniciaron regímenes de inversión extranjera directa y se suprimieron los controles de cambios y de cuentas de capital.