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REGENERACION CULTURAL

 

REGENERACIÓN DEL NUEVO MUNDO


Regenerar nuestra cultura significa reformular un Estado, volver a pensar sus principios y evolucionar. Replantear sus instituciones a partir de nuevos cimientos. Reimaginar sus estructuras a partir de nuevos preceptos. Reinventar su razón de ser a partir de fines sincronizados con los verdaderos desafíos de un Tercer Milenio. Este es un signo ineludible de nuestro tiempo y el único papel digno para un gran país del Nuevo Mundo. Si estamos o no llamados a sentar las bases de una Cultura Sudamericana, eso lo dirá el tiempo, los dioses y el Destino. Sea como fuere, el leit motiv es el siguiente: lel conjunto de problemas que presenta Occidente es de carácter estructural, por lo que únicamente se podrían resolver con una reformulación estructural.

CRITERIOS DE GRANDEZA DE LAS REFORMULACIONES

Las Grandes Reformulaciones del Estado contienen todas las cualidades de la grandeza. No responden a un voluntarismo ni a un pragmatismo, menos a una de las tantas ideologías contemporáneas, sino a criterios derivados de la aplicación de la ciencia a la política. Son ingredientes de la grandeza: la fuerza espiritual de la sabiduría, el ideal de los visionarios, y, el poder creativo del intelecto humano y su proyección avasallante a largo plazo, porque lo flojo, lo débil y de corto aliento carece de ella. Omitir estas premisas resulta una negligencia grave para cualquier Estado que desee representar un papel significativo en el horizonte de los próximos 1000 años.

La grandeza de Las Reformulaciones exige que lo irremplazable cobre carácter objetivo en el plano de la realización, para que, trascendiéndola con su singularidad, llegue a ser verdad para toda la sociedad. Por ello está impregnada de Verdad y luz, pero no cualquiera puede concebirla. Se percibe exclusivamente en la obra y se expresa de formas diferentes: en el heroicismo del guerrero, en la realización efectiva de las empresas e invenciones, en el estremecimiento del espíritu con la palabra, en la libertad creativa del arte, en la iluminación por virtud de la sabiduría, en la aceptación de la revelación de los poderes divinos, en la legislación perfecta para una sociedad y en la construcción de una creencia unificadora. Sólo lo insustituible posee la grandeza, porque no es grande aquello que igualmente podría haber sido realizado por otro, tampoco lo primero. Sólo lo único.

Las Grandes Reformulaciones del Estado no son ciertas, pero sí plausibles, es decir, podrían establecer una amplia base sobre la cual construir una identidad auténtica para el Nuevo Mundo, aunque se muevan en el espacio de las utopías. La tarea de crear una visión de tal magnitud no es desesperada, pero sí imprescindible, en particular, para un país que lleva una delantera como protectorado económico de los Estados Unidos. De este modo, se mueven en tres niveles lógico-culturales:

1.-Los hechos ciertos, extraídos por medio de los criterios científicos y de historicidad cultural.
2.-Los hechos plausibles, extraídos por medio de los criterios científicos y de historicidad cultural.
3.-Las teorías culturales generales, cuya efectividad se juzga en función de su capacidad explicativa del conjunto de hechos y de la adaptación del Estado a un nuevo paradigma político.

Los hombres grandes aspiran en sus obras a lo supremo, desdeñando la minuciosa prolijidad de los detalles. Por eso, aunque no están libres de faltas, sobresalen del nivel común de los humanos. Mas venerar la grandeza de la obra no significa el endiosamiento del hombre. Todo hombre, aún el más grande, el excepcional, el más precioso de todos, es un hombre simple al fin y al cabo, ni corresponde endiosarlo, sino verlo en su plena desnudez, ya que pertenece a nuestro linaje. Cuando se idolatra al hombre, luego el resto cree o no en él, y se deja de percibir la grandeza que existe en su obra. Es tarea de la filosofía terminar con el endiosamiento de cualquier hombre y sustituirlo por la admiración de la obra realizada, que es la que trasciende la muerte y permanece. Por lo tanto, los criterios de grandeza intrínsecos a toda obra son tres:

1.-Están en su tiempo por encima del tiempo. Las obras grandes son suprahistóricas y sus mensajes intemporales, por lo que trascienden la temporalidad.
2.-El auténtico hombre grande es originario y su obra original, es decir, trae al mundo algo comunicable, inexistente antes. La visión de un grande amplía la dimensión del hombre, del mundo y del Universo.
3.-El filósofo grande es un pensador que ha logrado una autonomía interior exenta de rigidez. No es un fanático ni un dogmático, obstinado y porfiado. Quiere escuchar pero la soledad no lo aplasta. No es soberbio y busca ayuda. Tiende la mano y muestra un camino de salida a los problemas. Su grandeza es autónoma por completo, pero se pierde cuando se busca la autonomía.

La realización de la grandeza en todas las áreas de la sociedad es el único camino para Chile y Sudamérica durante el Tercer Milenio. Por lo tanto, es importante tener en cuenta otros tres criterios de grandeza determinados por las propiedades objetivas de la obra:

1.-El carácter de ciencia de la obra, esto es, la forma lógica y la condición de sistema.
2.-La obra entrega conciencia de nuestra existencia, del mundo, del Universo y de la Divinidad, es decir, ilumina la totalidad, plantea los límites que nos rodean y persigue lo último. Su esencia es la universalidad, por lo que realiza la idea del todo.
3.-Es una instancia formativa. Para el autor de la obra todas las cosas son entrañables y sagradas, todos los eventos son útiles, todos los días santos y todos los hombres sagrados.

Existe verdadera historia para el hombre dondequiera que la grandeza le habla desde el pasado. Por lo tanto, la concreción de Las Reformulaciones es posterior a su manifestación. Esto significa que deben cumplirse dos cosas más para que la obra sea grande:

1.-Su conservación es indispensable, aunque sean transmitidas por otros.
2.-Su influjo en el pensamiento de grandes figuras posteriores.

La utopía nunca es una obra cierta, pero sí plausible. Acceder ella solamente la puede dar el acceso al texto original. Por eso he escrito con mi puño y letra este libro. De no proveerse Chile de una visión que permita a la mente lanzarse en la conquista de lugares inexplorados del Universo, es posible que el alma nuestra se diluya para siempre como una lágrima en la lluvia.

 

 

LA REFORMULACIÓN ANTROPOLÓGICA

La definición del concepto de Persona Humana es la base de la política como una ciencia humana fundante del orden social. Su adecuada descripción, fundada en un análisis antropológico, constituye la primera base del Estado, esencia para concebir el tipo de sociedad, régimen político, carácter del gobierno y status del gobernante. La omnipresencia de su definición determina causalmente todos los aspectos de la política.

El conflicto entre antropologías pesimistas y optimistas

Históricamente el concepto de Persona Humana ha reflejando una contienda entre dos visiones opuestas, ambas verdaderas, pero no absolutas. Pesimistas, materialistas, colectivistas y minimalistas, unas. Optimistas, espiritualistas, subjetivistas y trascendentalistas, otras. Las primeras han dado origen a ideologías de sectores de izquierda, liberales o demócratas. Las segundas, a grupos de derecha, conservadores o republicanos. Cuando se concibe al ser humano como un ente únicamente material, la sociedad entera tiende a ser intrascendente y banal. Por el contrario, si se lo piensa como una creación exclusivamente espiritual, la sociedad entera buscará recompensas que jamás podrá disfrutar con sus sentidos. Cada visión antropológica se sustenta en sistemas filosóficos inmutables y datos parciales, que han alejado a la política del Bien Común para concentrarlo en la lucha por el poder.

Antropologías pesimistas

La raíz de la enseñanza de una antropológica negativa para Occidente comenzó en el siglo V a.C. con los sofistas. Hipias, Protágoras, Euridemo, Pródico, Gorgias, Antifonte, Licofón, Trasímaco, Critias y Calicles fueron los primeros que pensaron al ser humano de manera minimalista, amarrado a un devenir material e intrascendente, que contradecía su famoso postulado según le cual “el hombre es la medida de todas las cosas”.
Desde aquel tiempo se ha constatado la preeminencia de una continuidad antropológica negativa en la historia, apenas matizada por algunas irrupciones positivas, hecho que se transformó en norma de doctrina política con el inicio de la Modernidad en el siglo XIV. Dios no es comprensible para el ser humano (Occam). El hombre es un ser bajo, ruin y un vil estiércol de naturaleza corrompida (Calvino). Los hombres son malos, en ellos existe una maldad radical (Maquiavelo). El hombre es un lobo para el hombre (Hobbes). El hombre es corrompido por la inteligencia y la civilización (Rousseau). El hombre es un accidente, no es más que un medio. El hombre es lo que hace (Hegel). El sujeto no es el hombre, sino la clase social (Marx). No existe naturaleza abstracta humana que derive de la religión (Gramsci). El hombre es el ejercicio de su libertad espontánea y arbitraria (Sartre). La sociedad capitalista hace al hombre (Marcuse). No hay fundamento metafísico en la persona (Garaudy). El hombre es moldeable al infinito (Strauss). Lo que existe es el entrecruzamiento comunicacional, no el hombre (Habermas).

Que no extrañe que esta antropología, cierta, influyente y totalizante, pero no absoluta, haya inclinado a la política hacia tendencias humanas negativistas, materialistas y economicistas, suficientes para justificar la desconfianza, la codicia, el dominio, la agresión, la guerra, la exigencia de seguridad, la negación de la libertad, la gloria desmedida y el dominio del mundo. El gran problema de esta visión es que el hombre se pierde en lo colectivo, desaparece la identidad propia, arrojando a la clase social al goce desmedido de los placeres de la existencia, a la moral masiva sin criterios de verdad y a la angustia frente a la muerte, sin ninguna proyección trascendente.


Antropologías optimistas



La raíz de una antropología optimista para Occidente comenzó en el siglo VIII a.C. con Hesíodo, quien vinculó genealógicamente al hombre con los dioses del Olimpo, marcando el paso del mito al logos. Después vino Sócrates, quien principió a dignificar al hombre al creerlo engendrado por los dioses y poseedor de una chispa de divinidad, don que justificaba respetarle un valor trascendental en sí mismo. El hombre socrático poseía la verdad a través del diálogo que perfeccionaba su espíritu, por lo que su socialización era natural ya que su causa estaba en la razón divina, el logos. El sabio suponía que las instituciones del Estado servían al hombre y no al revés.
Platón elaboró un concepto en el que el hombre era un agregado de dos partes: el alma y el cuerpo, unidos como el piloto al avión. Un dualismo antropológico, porque el cuerpo era la cárcel del alma, no había una unidad e integración substancial entre los componentes. Se comenzarían a plantear grandes reflexiones políticas, como el hecho de que “nadie puede gobernar bien, si no se gobierna bien a sí mismo”.
Aristóteles concibió una unidad substancial del sujeto, en donde el hombre es “todo cuerpo, todo alma”, esto es, tiene la fuerza de la razón, piensa, inventa, forja instrumentos para su vida, crea la escritura, lo que significa que el hombre tiene una capacidad infinitamente superior a los animales. La racionalidad humana se expresa en tres dimensiones: la noble capacidad de la contemplación de la Verdad, la socialización y el establecimiento natural de leyes que ordenan al hombre. Para el Estagirita, la razón es causa de la sociedad, de lo que deriva el sentido educar a partir de lo político, con la vista puesta en una sociedad para el bien, la verdad y la libertad, valores inherentes a la persona. Aristóteles decía que “no es bueno otorgarle al hombre sólo lo humano”. Sin embargo, ya en aquella época se constataba una mayor frecuencia del mal en el mundo.
Los estoicos pusieron lo suyo. La razón es la única facultad que nos pone por sobre los animales, sirve para interpretar, argumentar, disentir y concluir, funciones comunes a todos los hombres (Cicerón). El hombre tiene que descubrir en su interior la ley natural que lo constituye (Séneca). El hombre es una substancia individual de naturaleza racional (Boecio).
El surgimiento del cristianismo genera un quiebre antropológico con el mundo greco-romano, al sostener una postura radical: el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, recibe el ser de otro, por lo que es superior al resto de las criaturas por ser una creación especial y no por la razón. El pináculo de esta antropología se expresa en la síntesis aristotélica-cristiana realizada por Santo Tomás de Aquino, quien establece que el hombre es un ser que actúa por la inteligencia, poseedor por naturaleza de la luz de la razón y cuyo fin es trascender la sociedad terrenal. Para el aquinatense y también para sus seguidores contemporáneos –como Etienne Gilson, Jacques Maritain y Fernando Moreno Valencia–, la inteligencia es causa propia de los actos humanos, según la fórmula: el conocimiento es innato e inmediato y nada se le escapa, juicio contralor del actuar que guía al hombre hacia el bien.

El problema de este enfoque antropológico, donde el hombre predomina por poseer una dignidad espiritual de fin, es el excesivo individualismo, subjetivismo e intolerancia que ha adoptado en la política real, donde se pierde el grupo, la clase social, esto es, una indiferencia ante la asociación más importante de todas, el Estado, y un egocentrismo como solución a todos los males públicos. Una forma ideológica que termina por olvidar al resto de la sociedad, al pueblo, a la comunidad y finalmente al mundo, a todo aquel que no sean miembro de la familia.


La persona humana como una punta de flecha de la evolución del Universo

Cada concepción antropológica ha sido la expresión de diferentes procesos de adaptación al entorno, unas, enfatizando el dominio de la guerra y la fuerza de las armas, otras, acentuando la vinculación con la Divinidad y la bondad como motor de la vida, las menos, en cambio, desarrollando la comunión y armonía con los ritmos de la naturaleza. Precisamente, este es un rasgo distintivo de las Culturas Amerindias, un orden que encontró en la Civilización Maya, el Imperio Inca y la Cultura Mapuche, sus mayores ejemplos. En realidad, los Amerindios eran mucho más pacíficos de lo que la historia ha querido mostrar, cultivaban un lazo personal de comprensión de las sutiles energías del entorno, un enfoque de adaptación a los ritmos de la Tierra como pocas veces se ha visto. Ciertamente, la guerra estaba presente, pero jamás llegó a los paroxismos del Hemisferio Norte.
Evocando el antiguo espíritu antropológico de Sudamérica debemos considerar a la Persona Humana como la Conciencia de todo lo existente. Una punta de flecha de la evolución del Universo, ya que constituye el resultado más perfecto que se ha producido después de 13.600 millones de años. Una innovación única dentro de un abismo ilimitado de galaxias, estrellas y planetas, estériles e inertes. Una substancia conformada por una biunidad El-Ella, macho-hembra, en equilibrio perfecto, núcleo básico de la sociedad, sin que nada ni nadie pueda cambiar este Principio Universal, cuyo símbolo sagrado es el Huevo Cósmico, el Huevo Fecundado dentro del vientre de la madre, DiosPadre-DiosMadre o Hyranyagarba. No hay en la Tierra una criatura mejor moldeada. En ninguna parte se ha encontrado una obra superior. Incluso, siendo producto del azar tendría una razón suficiente expresada en su resultado y, en consecuencia, un sentido. Por esta causa, nuestra Reformulación Antropológica define arbitrariamente a la Persona Humana como: un universo de naturaleza espiritual dotado de librealbedrío y voluntad.

 

Universo de naturaleza espiritual dotado de librealbedrío y voluntad

La Persona Humana está formada a partir de todos los elementos del Cosmos, literalmente, surgida imagen y semejanza del Universo, esto es, compuesta de Vacío, Materia, Vida y Conciencia. Por lo tanto, cada hombre y mujer de nuestra sociedad representa una totalidad suprema, un completo de máxima significación, reflejo de todo lo que nos rodea: un universo en sí. Esto significa que la Persona Humana posee una dignidad de fin, jamás de medio.

La primera naturaleza de la Persona Humana es espiritual, sagrada en sí misma como sagrada es la fuerza original, porque la fuente de dónde emana el Universo es el Vacío. Una voluntad infinita, sin principio ni fin, un deseo inicial inconmensurable, creador, un soplo primordial cuyo poder forma al Huevo inmaculado, donde se sostienen unidos el hombre y la mujer en armonía. Por esta causa cosmológica, el primer impulso de la Persona Humana es de unión y natural su inclinación a la familia. Subyace en la naturaleza humana la importancia de la voluntad como origen de la Vida, pues sólo en la intención de dos progenitores está, sin más, la preconstitución de un Huevo fecundado y de la Conciencia latente. En ese sentido, lo que prima es la pretensión de ejemplificar nuestro caso particular, según el cual una determinada voluntad puede condicionar la existencia física en formas no triviales. Dado que el Vacío no sólo es omnipotente, sino también lo original y lo primordial de la Persona Humana, es decir, lo prenatural, las leyes físicas son máximas subalternas, no primeros principios. He aquí que la naturaleza metafísica de la Voluntad puede ser tan eterna como la misma energía del Vacío.

La Voluntad de la Persona Humana, como el soplo inicial del Cosmos, se hace materia inconsciente primero, como el embrión en el vientre materno que carece de derechos, pues para tenerlos debe poseer la fuerza propia para ejercerlos. En sentido directo y simple: la primera manifestación de la Voluntad humana es la capacidad para ejercer los derechos y cumplir los deberes, lo que revela la cualidad política desde el mismo engendramiento de la Vida. Por esta causa, los derechos del niño son los deberes de los padres. Que el Estado tenga que ocuparse de proteger los derechos de aquel que no puede ejercerlos, aunque responda a una moral práctica, justifica la irresponsabilidad de los progenitores. La Voluntad es una potencia que tiene que educarse, de lo contrario puede acostumbrarse a operar como energía desmedida o motor sin guía. Su poder desborda los mismos límites del Universo, infinita e inconmensurable, que se hace potencia creativa a través del verbo y la palabra.

Libertad y Voluntad son términos en combinación constante. Por mucho tiempo se ha enseñado que la Libertad supone la posibilidad de elegir el bien o el mal por igual, lo que no responde propiamente a su significado, sino a la potencia de la Voluntad.
Únicamente la elección de la Verdad otorga Libertad a la naturaleza espiritual de la Persona Humana, precisamente, lo que más cuesta en el conflicto de una elección moral. La Verdad libera, ya que después no hay nada que esconder. Optar por la mentira, por el contrario, equivale a dejar esclavizada al alma humana, ya que produce la necesidad de esconder el hecho liberador por miedo. Si miente, la Persona se ve obligada a continuar mintiendo para esconder su error, siete veces más, condenando a su Conciencia, amarrándola a una pesada cruz que a veces se hace insostenible.
El que se acostumbra a errar, a pecar, confundiendo la Verdad con la mentira, se amarra a la inconsciencia de la Materia y se arriesga a morir, ya que el alma no es inmortal. El significado de su muerte no es otro que el olvido de sus orígenes divinos y superiores. Por ello, constituye un engaño prometerle la eternidad a un mentiroso, ya que el mentiroso miente por su unívoco apego a la Materia, que es lo inconsciente, en el sentido de que sus grados de conciencia son ínfimos en comparación con la Vida. Si la Conciencia se olvida de su origen divino, el alma muere para siempre. Este es un rasgo recurrente y solapado de las sociedades que han puesto a la Materia como la única explicación de la Realidad.

 

La suerte de los hombres

 

Las decisiones libres prefiguran tres categorías humanas, denominadas: espiritual, psíquica o anímica, y, material o terrenal. Distinguirlas permite conocer la regla de la suerte de los hombres.

Lo material perece por necesidad, por cuanto no puede recibir ningún soplo de incorruptibilidad. Los materiales han perdido todo el recuerdo del origen divino de su alma, ya que su apego a la materia es insalvable. Estos hombres decaen por naturaleza y se pierden para siempre. Su salvación es imposible. Para ello, las normas morales de conducta y las categorías éticas, no son operativas. Los materiales se condenan por necesidad. Es la humanidad terrenal abocada a la extinción. Son inconscientes como las rocas, donde nada puede germinar, ya que es imposible sembrar sobre las rocas y recoger un fruto. Sólo el milagro de la palabra directa de un Profeta tendría un efecto sobre su fatalidad.

Lo psíquico, hallándose en medio de lo espiritual y lo material, según por donde se inclina, por allí se desliza. Los psíquicos o anímicos son hombres sometidos a la ley moral y poseen libertad de elección, por lo que se dividen en buenos y malos. La Libertad los coloca en medio de lo espiritual y lo material, de la misma manera como el hombre habita en lo intermedio entre el espíritu puro y la materia pura.
La característica principal de un psíquico es la obediencia a los dictámenes de la ley moral por temor a las consecuencias. La salvación en este tipo de Persona sólo es posible obedeciendo al bien, por lo que son muy importantes las cosas que alcanzan con su pensamiento. Pero si su libre elección se asociara a la materia, a las pasiones terrenales, el alma se hace corruptible y termina destruida . Es el caso donde se ha robustecido el llamado “espíritu contrahecho”, se abruma el alma a causa de su error en la elección, la arrastra hacia las obras de la perversidad arrojándola al olvido, la atan con cadenas, la precipitan en la cárcel y deambula con la materia, hasta que despierta del olvido si deja entra la luz de la Sabiduría, que es una entidad divina. Entonces, los anímicos no serán afectados por nada, a no ser en relación con la sustancia de la carne que han asumido. Porque la lucha de los psíquicos no es contra los hombres, sino contra las fuerzas que adopta la materia, es decir, el mal.
Los psíquicos de mala conducta están destinados a la extinción, como los materiales. Dotados de libre albedrío, tienen una amplitud para la fe y la incorruptibilidad, o bien, para la incredulidad y la corrupción . La mayoría de los hombres de las iglesias son psíquicos, por ello les es primordial la buena conducta, ya que de otra manera no se podrían salvar. El psíquico, según donde se inclina, por allí se desliza.

Lo espiritual es enviado para que se una aquí con lo psíquico y se forme, educando junto en lo concerniente a la conducta para la trascendencia . Los espirituales se salvan por naturaleza, por el hecho de serlo. Son sabios, grandes intelectuales y privilegiados de la educación, cuya sabiduría sobresale por sobre el resto . La suerte final de los espirituales no está ligada a su conducta, sino a su naturaleza. Su obediencia a la ley moral no es por temor, sino por amor. El elemento espiritual forma, guía y educa en lo concerniente a la conducta para la salvación o iluminación. Los espirituales se salvan por necesidad. Como el oro arrojado al barro no pierde su belleza, sino que conserva su propia naturaleza, el barro en nada puede perjudicar al oro. Aunque los espirituales se entreguen a cualquier tipo de obras material, no pueden recibir ningún daño ni perder la substancia que los constituye .

 

Los alimentos de la Persona Humana

 

Los alimentos de la Persona Humana son tres: el oxígeno, los carbohidratos y las imágenes. Sólo aquellos que están cautivados por el mundo material son incapaces de ver que las imágenes también construyen su ser. Estas tres exigencias del cuerpo pueden satisfacerse bajo cualquier circunstancia, bien sea que uno nazca entre los más pobres o en una condición privilegiada. El hecho es que ninguna Persona Humana puede liberarse de estos alimentos que construyen el alma, por lo que estamos condicionados a leyes muy superiores a la evolución de nuestra especie. Este conocimiento alimenticio es una meta de la existencia, una iniciación en un proceso de conciencia para que la Persona Humana pueda llevar una vida inteligente.

La Persona Humana, una punta de flecha de la evolución del Universo, debe considerar en todo momento los límites condicionantes impuestos por los Principios Universales –Vacío, Materia, Vida y Conciencia–, por las cuatro leyes biológicas –nacimiento, enfermedad, vejez y muerte– y por los tres tipos de alimentos –oxígeno, carbohidratos e imágenes–. Esto significa que la interconexión entre todos los elementos del Universo, el Sol, las galaxias, el Big Bang y la Persona Humana es total, por lo que la política no puede reducir al hombre al rango de insecto que salta por la Tierra, sino al de una biunidad divina gobernante.


LA REFORMULACIÓN DEL CALENDARIO


La Reformulación del Calendario constituye el jaque mate a la decadencia de Occidente y el inicio de algo mejor. Bien se sabe que todo gran cambio cultural siempre ha venido acompañado de un cambio del calendario, por lo que resulta imprescindible abordarlo. De las Reformulaciones esta es la que convoca a los más grandes constructores de sociedad, amados por sus pueblos, cuyos nombres están destinados a trascender las edades. Tampoco existe ninguna razón para no reformular el calendario. Muy por el contrario, de no hacerlo creíble en la imaginación, las tortura, las masacres y la inquisición seguirán sometiendo el alma de nuestros ancestros originarios e hipotecando la evolución.

 

La relatividad del tiempo

 

La idea de un tiempo absoluto se acabó con la aparición de la Teoría de la Relatividad. Cada observador tiene su propia medida del tiempo, que es la que registraría un reloj que se mueve junto a él, ya que relojes idénticos con observadores diferentes no tienen porqué coincidir. La percepción del llamado tiempo lineal, en donde hay una diferencia muy grande en ir hacia delante e ir hacia atrás, ha quedado sepultada. El tiempo –requisito a priori de la experiencia junto al espacio– ha pasado a entenderse como un concepto más personal, una dimensión relativa al observador que lo mide y no ajeno a él . Cada cual debe tener su propia medida del tiempo y en ningún caso seguir una línea absoluta. En consecuencia, la elección del sistema de coordenadas temporales es arbitraria y está íntimamente relacionada con el ambiente de cada observador.

Dentro de este marco se pueden distinguir muchas flechas espirales del tiempo en el Universo. Aunque paralelas y simultáneas en el marco físico actual, podrían apuntar hacia el mismo sentido en el futuro . Primero, está la flecha termodinámica, que es el sentido del tiempo en que el desorden aumenta, como sucede cuando se rompe un plato y sus pedazos se esparcen en diferentes direcciones. Segundo, está la flecha psicológica del tiempo, en la que nosotros sentimos que pasa el tiempo, a veces rápido cuando lo pasamos bien, o en el sentido en que recordamos el pasado pero no el futuro. Tercero, está la flecha cosmológica, que es el sentido del tiempo en el que el Universo está expandiéndose en vez de contrayéndose. Cuarto, surge el tiempo imaginario en donde las direcciones son indistinguibles: si uno puede ir hacia el norte, también puede dar la vuelta y dirigirse hacia el sur, y si uno puede ir hacia adelante en el tiempo también debería poder ir hacia atrás . Una quinta flecha es la del calendario.

 

La relatividad del calendario

 

¿Qué año es hoy? ¿Estamos seguros del día de nuestro propio nacimiento? ¿Cuál es el calendario correcto para medir el tiempo? Actualmente conviven 40 calendarios distintos en nuestro planeta. Para los 1200 millones de chinos que habitan el Oriente Lejano es el año 4707, pues ellos comenzaron a contar los años desde el 2697 a.C. Los judíos cuentan los años desde la creación del mundo por Jehova, por lo que viven en el 5772. Los más de 800 millones de musulmanes ordenan su calendario desde el 16 de julio del 622, en recuerdo de la hégira de su profeta Mahoma desde la Meca a Medina, luego, aseguran que hoy es el año 1388. Incluso, la internet ha inaugurado un nuevo tiempo horario que espera coordinar a todo el mundo en el futuro. ¿Queda claro que el calendario es una construcción aproximada y relativa al orden de las diferentes culturas? ¿Cuál es la razón de seguir en Sudamérica con un reloj inventado en Europa?

El Calendario Gregoriano de 12 meses, vigente en Occidente desde el siglo XVI sin modificaciones, tiene una larga historia de imprecisiones. Aproximadamente en el año 753 a.C., en la época de Rómulo, fundador y primer rey de Roma, se estableció el primer anuario en Europa: tenía 304 días de apenas 10 meses (4 de 31 y 6 de 30). La primera reforma al calendario de Rómulo fue realizada por Numa Pompilio, segundo rey romano, y consistió en agregarle enero y febrero. Pero los expertos de la época sólo llegaron a un año de 355 días y no al de 365 días, es decir, cada año transcurrido se perdían 10 días. La solución al problema la implementó el emperador Julio César en el 46 a.C. o 708 de Roma, quien asesorado por un sabio egipcio de nombre Sosígenes, propuso que en vez de los tradicionales los 355 días, el año iba a tener 445 días para acomodar el calendario. Y así se hizo.
Pero el calendario de Julio César o Calendario Juliano también tenía un error. Alrededor del año 730 de la era cristiana el erudito inglés Beda (672-735) notó que el equinoccio de otoño se atrasaba 3 días cada 400 años. Para solucionar este nuevo desfase, en el siglo XVI, el 24 de febrero de 1582, el Papa Gregorio XIII promulgó la bula papal inter gravissima, donde se suprimieron tres años bisiestos cada 400 años. En ese momento comenzó el largo período de reemplazo del calendario de Julio César por el del papa Gregorio XIII, cuya influencia se terminaría de imponer en Occidente en febrero de 1923 cuando Grecia lo adoptó.

De los 40 calendarios vigentes en el planeta los dos más exactos son el Calendario Maya y el Calendario Científico. Según las observaciones astronómicas contemporáneas, la duración de un ciclo solar es de 365.2422 días. El sistema maya, compuesto de varios mecanismos sincrónicos, logró una fórmula de 365.2420 días, mientras que el Calendario Gregoriano con su inclinación bisiestal lo ha estimado en 365.2425 días, es decir, desfasado en un día cada 10 mil años. Esto significa que el Calendario Gregoriano es matemáticamente un 60 por ciento más inexacto que los dos primeros en su objetivo de medir un año solar.
Uno podría decir que la división del año en 12 de meses de 31 y 30 días, más un mes de 28 días, es buena, ya que ha logrado una aproximación aceptable que garantiza que las estaciones tengan comienzo siempre en las mismas fechas: equinoccio de otoño el 20 ó 21 de marzo y el equinoccio de primavera el 22 ó 23 de septiembre. Pero, como todas las cosas hechas por el hombre, tiene errores que se corrigen cada cuatro años gracias a un año bisiesto. Esto provoca la pérdida total de los puntos de referencia: dos años consecutivos no comienzan el mismo día, dos meses consecutivos tampoco y los meses no tienen la misma duración. También cuenta los años desde el nacimiento de Cristo, mas es probable que Jesús no haya nacido el año 0 ni un 25 de diciembre. ¿Cuál es el problema entonces de reformular el calendario con vista a una medición más precisa del tiempo? ¿Por qué es importante su reformulación?
El Calendario Gregoriano es un anuario que no experimenta ningún perfeccionamiento desde hace 500 años. Su problema más profundo tiene relación con el sentido de linealidad del tiempo, propiamente antinatural, que no reconoce los ciclos de la Tierra, generando un miedo extremo a la muerte, un sentimiento que ha terminado por justificar el existencialismo, el materialismo y las miradas a corto plazo en la estructura de la sociedad. Que no extrañe la angustia y el miedo ante la inminencia de la muerte, la que ahora se ve como un fracaso en vez de un paso a una vida venidera. El sentido de linealidad del tiempo ha significado vivir desincronizados de los ciclos naturales del ecosistema, haciéndonos olvidar cosas esenciales para mantener los equilibrios globales de la Naturaleza. Los graves problemas medioambientales ocurren concretamente, entre otros factores, por disponer de un calendario que cree que el tiempo es lineal y proyectar tal orden a la sociedad entera, generando un ilusorio un progreso indefinido, un desarrollo sin fin y un consumo sin límites, ideas fuerza que difícilmente entienden hecho de los ciclos naturales. De este modo, el hombre se ha transformado en el receptáculo de esta forma de medir el tiempo, tan arraigada en Occidente que resulta imposible ignorar, que nos controla y ordena, y que ha dado como resultado un proceso de aceleración constante que está consumiendo nuestra vida y destruyendo a la Tierra. ¿No será bueno contar con un calendario basado en una concepción espiral del tiempo que sincronice mejor al hombre con los ciclos naturales de la del Universo?

 

El Calendario Maya

 

La principal cualidad del Calendario Maya radica en su capacidad para sincronizar mejor al ser humano con los ciclos de la Tierra y la Vía Láctea. Los mayas pensaban que en la sincronía con la Naturaleza estaba la verdadera medida del tiempo, no en un reloj o en una noción de duración como las horas o los días, sino en la capacidad de coordinar a la sociedad con las estaciones del año, fechas para cosechar, plantar y trabajar. Esta cualidad resulta esencial para quien de verdad desee proyectar la vida de la Persona Humana con esperanzas a un Tercer Milenio. En otras palabras, la reformulación del calendario se resume en un sincronario capaz de trasladar el Calendario Gregoriano al ordenamiento del Calendario Maya.

 

                                                                                  Sincronario Maya

 


 

 

Las virtudes del Calendario Maya pueden ser de mucha ayuda para el futuro de Sudamérica. Por ejemplo, divide un año de 365 días en 13 meses perfectos de 28 días, correspondiente a 52 semanas perfectas de 7 días, lo que suman 364 días, más un Día Fuera del Tiempo. El Día Fuera del Tiempo –correlacionado al Calendario Gregoriano– se conmemora cada 25 de julio, momento exacto en que la Tierra se sitúa entre el Sol y la estrella Sirio, señalando una medida astronómica que se enlaza con las Pléyades aún más lejanas, un sistema de 7 estrellas azules, lugar de donde provendría –según la leyenda– la Cultura Maya. El Día Fuera del tiempo es un día feriado para el perdón y la celebración artística, no es un día de la semana ni de ningún mes, sino que sirve para acomodar el ciclo espiral del tiempo de un año.

Uno puede decir que el Calendario Maya de 13 meses de 28 días es un calendario perpetuo y armónico, matemáticamente un 60 por ciento más exacto que el actual. Está basado en los ciclos del Sol, pero sobre todo en los ciclos de la Luna y la mujer. En efecto, el tiempo que transcurre de Luna llena a Luna llena tiene una duración de 28 días, lo mismo que el ciclo promedio de menstruación femenino. De este modo, cada año vemos 13 lunas llenas desde la Tierra, lo que significa que el Calendario Maya mide los meses por los 28 días que dura una Luna llena, es decir, mide la órbita de la Tierra en torno al Sol por el promedio de 28 días que dura una Luna llena. En este sentido, una de sus grandes ventajas es que las fechas de cálculos son sorprendentemente simples. El primer día de cada mes es siempre un domingo. El último día de cada mes es siempre un sábado. El día de un cumpleaños, cada año siempre estará en el mismo día de la misma semana. Asimismo, cada uno de los 13 meses de 28 días está representado por un animal tótem y cada persona tiene un signo determinado por el día exacto de su nacimiento, que explica mucho mejor su personalidad y carácter, es decir, es como si hubiesen 365 signos zodiacales, en vez de sólo 12. De ahí que el estudio astrológico de la personalidad y carácter sea mucho más preciso.
La galaxia, el Sol y el hombre son sistemas complejos y en un proceso de evolución cósmica que se entrelazan. Los mayas enseñaron que el tiempo no es una línea recta ni un despertar y encontrarnos más viejos, ni un círculo y menos un reloj, sino que el tiempo es una frecuencia dimensional que sincroniza al hombre con el Sol y la galaxia. En la conexión de nosotros con la Naturaleza está la primera clave para adaptarnos a los tiempos que se aproximan. A esto se le ha llamado una Permacultura, es decir, generar un sistema de vida sustentable y en armonía con el medio ambiente y las personas. Por ejemplo, invirtiendo en el uso de la energía proveniente del Sol, de los vientos o de las mareas, de la forma más eficiente, o, reciclando la basura, proceso energético que con la ayuda de bacterias y hongos puede generar nutrientes para que las plantas produzcan nuevos alimentos, se puede desarrollar una sociedad mucha más evolucionada.
Un ciclo cósmico de la Gran Cuenta del Calendario Maya dura 5125 años. El último gran ciclo comenzó el 13 de agosto del 3113 a.C. y finaliza el 21 de diciembre del 2012. En torno a esta predicción se ha ido congregando un importante grupo de intelectuales sudamericanos, intentando descifrar su significado para nuestra generación. La interpretación que mejor ha superado la crítica, tiene relación con las Señales Globales que afectan a la Tierra –desarrolladas en el Capítulo 2–, y que se puede sintetizar en lo siguiente: el 21 de diciembre de 2012 se cumplirá el Quinto Ciclo de 5125 años correspondiente a los últimos 26 mil años del homo sapiens, momento que coincide con el fin del último ciclo precesional de la galaxia Vía Láctea y que marca el nacimiento de un nuevo hombre, poseedor de niveles de conciencia y sabiduría muy superiores a los actuales, llamémosle el homo espirituale, cuya misión estará en guiar al mundo y ordenar a la Cultura Sudamericana. El 2012 ha de recordarse como un momento de cambio, de transformación espiritual y de tránsito a una Nueva Era.

¿Sirve el Calendario Maya como una herramienta para mejorar el comportamiento humano? ¿Contribuye a reorientar el rumbo de los acontecimientos que el mundo ha tomado? Se tiene la convicción que una reformulación del calendario basada en el Sincronario Maya es algo necesario, aunque no alcance esta vida para observarlo. Se debe asumir que todo gran cambio político en la historia ha venido acompañado por cambios en el calendario. Esta vez no puede ser la excepción. La formación de una Cultura Sudamericana tiene que venir acompañada por un nuevo orden del tiempo que mejore la vida humana en función de una medición exacta del ciclo solar y de la Vía Láctea. Contribuir a crear una visión posible para una Cultura Sudamericana exige que el hombre y sus Estados tengan la más exacta de todas las mediciones del tiempo, en función de conectarse mejor con los ritmos cosmológicos que influyen en la Tierra. La reformulación del calendario es un paso importante para comenzar a establecer nuevas costumbres, y así, cambiar el mundo. El Estado mismo tiene que preocuparse de lograr que el ser humano sea elevado a la plataforma de la eternidad al cabo de un ciclo de vida, encontrando el camino para que cada alma obtenga la vida eterna, porque la existencia verdadera no puede reducirse a lo meramente físico, por más que se trate de mantener al cuerpo intacto. Conectar a la Persona con los procesos espirituales del Universo, que permanecen eternamente y no se pueden despojar, es una meta de la Reformulación del Calendario.

El ser humano es un navegante en un tiempo relativo. Nuestro ser no deja de estar y vivir conforme a coordenadas paralelas. Habitantes en el tiempo, sea en el tiempo cronológico –medido por un reloj– o en el tiempo de duración o de la Conciencia –medido por la historia–. El tiempo cronológico es una condición a priori de la existencia humana y el tiempo de duración es una condición a priori de las culturas, sumados al espacio tridimensional constituyen las cinco condiciones a priori de la existencia. Estas cinco dimensiones, inseparables, mantienen limitadas el alma humana a los ciclos de los nacimientos y muertes de todo lo viviente. Sin embargo, la naturaleza espiritual no pertenece a la categoría de lo presente, pasado y futuro, sino a la categoría de lo eterno, por lo que nuestras partículas viajan a lo largo y ancho del Universo, de estrella en estrella, de sistema en sistema, como masas virtuales en el espaciotiempo antimaterial, por lo que el tiempo no es un absoluto, y, en consecuencia, el orden del calendario dependiente de cada cultura, según los Principios Universales.

Sobre estas bases, un suceso como el comienzo de una Cultura Sudamericana es algo posible en el tiempo, que puede ocurrir en un punto particular del espacio y en un instante específico, sin que nada lo pueda cambiar.

Concebir la interdependencia o relatividad de todo cuanto existe, permite el acceso a la Perfección de la Sabiduría, a la ciencia de la unidad, a la energía más profunda de todas. La naturaleza del conocimiento divino es no-dual y se expresa en la mismidad de una cosa o en el “tal como es”, a saber: cada experiencia es completa en sí misma, una totalidad, en donde todos los eventos del Universo dependen de los demás y se reflejan mutuamente. La sabiduría superior implica la no construcción de la causalidad del mundo material y la liberación del alma humana de las ataduras materiales. En la mismidad la totalidad del Universo se expresa en cada momento, el sufrimiento desaparece al no haber apego a las cosas y se alcanza la dicha de la iluminación.

La Perfección de la Sabiduría permite evitar el pensar de manera errónea, mejora nuestras relaciones interpersonales, nuestra convivencia social y forma de expresión, nuestras palabras y nuestro logos, y, en consecuencia, ayuda a cambiar nuestras costumbres, que es la única forma de cambiar el mundo. El noble desafío de la filosofía consiste en mirar la Realidad a partir de las dos verdades y, sobre todo, aprender a aplicar el principio de biunidad al ordenamiento de una Cultura Sudamericana.