RELIGIÓN CÓSMICA
La ciencia constituye un bien para el hombre, tal vez, el bien más preciado, porque sin ella no pueden existir otras libertades fundamentales a las que se apela continuamente. El fin de la ciencia es la Verdad y el espíritu de los hombres que se consagran a esta meta debe atenerse al de máxima integridad, honradez y claridad.
Desde el momento en que la ciencia plantea el enigma del origen del Universo y lo hace progresar en el siglo XX, la Teoría del Big Bang o Gran Explosión pasa a ocupar un papel central en todas las culturas que trabajan con arquetipos y se fundan en la visión de una Verdad universal, múltiple y resonante. Los principios, las leyes cósmicas y los conceptos fundamentales de la cosmología científica se han ido estructurando en la forma de una filosofía de pensamiento, un espacio búdico e ilumindo, centrado en investigar y revelar la verdad de todo el drama cosmológico del un final de los tiempos, a saber: todo lo que es y porqué es; las cualidades del todo cósmico, el origen y devenir del Universo; cómo los seres humanos son arrastrados por el ciego afán de vivir por los caminos errados del alma; qué es el sufrimiento, la cruz y el karma, de dónde viene y cómo puede superarse.
La Religión Cósmica que Albert Einstein llamó a construir surge hoy, de este puño y letra. El único núcleo posible para una nueva y legítima creencia, esto es, una fundación universalmente válida, comprobada sin otro medio que los ojos y sentidos, que se ha hecho con el tiempo y que enseña al hombre un camino transitable para elevarse al quinto peldaño en la escala evolutiva. El fin es religar al ser humano con el Universo, conectarlo con la Naturaleza, ya que el hombre, la Tierra y la Galaxia forman una trinidad cósmica por excelencia, pirámides de una geometría sagrada, unidad substancial, inmortalidad, tres fragmentos de una misma Realidad.
Cómo religión verdadera se esfuerza en decir la verdad y sus únicos dogmas o misterios que aceptan, son:
1.-La existencia de una divinidad providente.
2.-La vida venidera.
3.-El premio del íntegro.
4.-El castigo del ruin.
LAS CUATRO NOBLES VERDADES
Ninguna madre ha traído al mundo a un hijo destinado a permanecer sin pecado ni sufrimiento ni karma ni cruz. Las Cuatro Nobles Verdades constituyen una guía práctica sobre el camino para la liberación del error, el pecado y el sufrimiento.
La Primera Noble Verdad: El Sufrimiento
El sufrimiento es la condición natural a la que el ser humano está sometido desde su nacimiento, esto es, todas las cosas que son desagradables, imperfectas o desearíamos que fuesen distintas o de otra manera. La enfermedad, el dolor o la insatisfacción procedente de la mezcla del alma con la materia, es algo propio del hombre como producto final del conflicto iniciado en el principio del Universo. Las formas de sufrimiento humano se expresan en dolor físico, consecuencia del cambio, y, por fenómenos condicionados, las que se aspectualizan en base a tres dimensiones:
1.-Aspecto material, biológico o físico: el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte son procesos dolorosos y traumáticos para el hombre, pero ineludibles. Volver a encarnarse o renacer repite y agrava el sufrimiento.
2.-Aspectos mentales o psicológicos derivados de las vicisitudes de la vida: la tristeza, el lamento, el dolor, la angustia, la aflicción y la desesperación, generan sufrimiento.
3.-Aspectos situacionales o circunstanciales: relacionarse con lo que a uno le disgusta, separarse de lo que a uno le gusta, y, no conseguir lo que uno desea, genera sufrimiento. Tanto si nos aferramos a lo que nos gusta como si conseguimos lo que deseamos, nunca podemos evitar por completo aquellas personas o situaciones que nos disgustan.
La Primera Noble Verdad no niega la felicidad en el mundo, aunque resulta una falsa ilusión pensar que será imperecedera durante toda nuestra existencia. Más nefasto aún es anhelar la eterna juventud del cuerpo material o creer en que el hombre puede construir una sociedad celestial en la Tierra. En realidad, la felicidad es un estado limitado e imperfecto, condicionado por la transitoriedad de la vida. Ningún factor de la personalidad humana o grupo de apego está libre de la insatisfacción y el sufrimiento, según sea su naturaleza:
1.-Naturaleza material. La forma material de la persona está constituida por cuatro elementos básicos: solidez o tierra; cohesión o agua; energía o fuego; y, movimiento o viento. El cuerpo (materia y forma) se compone a partir de la interacción de los cuatro elementos, por lo que su natural deterioro o agotamiento genera sufrimiento.
2.-Naturaleza mental. La sensación, carácter sensual o sabor de cualquier experiencia del cuerpo (como el placer sexual) genera sentimientos mentales de felicidad e infelicidad en la persona humana.
3.-Naturaleza cognitiva. La cognición procede de los objetos sensoriales y mentales para analizarlos y categorizarlos, según sea el reconocimiento y la interpretación de los objetos. Sin el factor cognitivo la persona sería conciente, pero incapaz de conocer aquello de lo que es conciente, o sea, sería ciego e ignorante o incapaz de la autoconciencia que determina la conciencia de lo positivo o negativo.
4.-Naturaleza moral. Las actividades constructoras o estados que inician las acciones humanas son las que dirigen y moldean el carácter. Se distinguen la determinación, la alegría, el odio (estados activos); atención y estimulación sensorial (estados pasivos); mas la principal es la voluntad o volición que se identifica con el karma, en cuanto potencia del alma humana que lleva hacia el bien y el mal, o sea, atada a generar o no sufrimiento.
5.-Naturaleza conciente. La conciencia comprende la conciencia básica de un objeto material o mental como la discriminación de sus partes o aspectos. Es el núcleo central de la personalidad y también puede considerarse como mente, corazón o pensamiento. La conciencia es el conjunto de rasgos mentales o mentalidad, donde algunos de sus aspectos varían y otros son recurrentes, los que equivalen al carácter de la persona.
Dada la naturaleza cambiante e inestable de la vida resulta inevitable el experimentar insatisfacción, pérdida, desilusión y frustración. La transitoriedad de la vida, impermanencia y transformación son rasgos fundamentales de toda la existencia material o corpórea del Universo –con excepción del nirvana y el Cielo o aharat– . Las montañas se erosionan, los bienes materiales se agotan, todos los seres, incluso los dioses, mueren; el mismo cuerpo cambia en la medida que uno come, excreta y muda las células de la piel. También el carácter, aunque persistente, muestra cambios constantes debido a la acción de los sentimientos, estados de ánimo e ideas. Debido a que estos elementos son impermanentes también son potencialmente dolorosos y frustrantes, por lo que no pueden verse como algo propio y deben verse como un “no-yo” o “no-ser” pero jamás como un “yo” o “ser permanente”, inalterable, independiente o un estado estático. El sufrimiento resulta de considerar lo impermanente como permanente, el proceso cambiante como un estado no cambiante.
Todo lo condicionado no es perfecto y como todo cuanto existe está condicionado por otro, nada en la existencia es perfecto. Precisamente, interpretar algo que no es tal como si lo fuese, es sentar las bases del sufrimiento que aparecerá cuando aquello que se cree permanente deje de serlo o cambie de un modo no deseado.
En realidad, los fenómenos son transitorios, son un “no-yo”, no tienen un ser en sí al estar condicionados. Es imposible encontrar una entidad física y metafísica permanente, independiente y substancial en este yo empírico y convencional de toda la existencia. El correcto sentido al decir “yo mismo” se considera como una manera conveniente de agrupar fenómenos físicos y mentales, pero no puede verse como un “yo absoluto” no cambiante, ya que todas las cosas son impermanentes y transitorias. En consecuencia, todas las cosas son potencialmente dolorosas y frustrantes, por lo que deben verse como un “no-yo” y no como un yo o esencia permanente, inalterable, feliz e independiente. Las cosas del Universo están vacías de cualquier yo o de cualquier cosa que permanezca inalterable en el campo de la identidad. Cualquier cosa sujeta a cambio no puede considerarse el yo perfecto y verdadero. Creer en un yo perfecto, no cambiante, es causa de la reencarnación y del sufrimiento.
Para superar el sufrimiento inscrito en la naturaleza humana, uno debe, primero, aceptar que sufre, es decir, reconocer que está enfermo para aplicar el tratamiento. Si el sufriente ignora la Primera Noble Verdad, el problema empeora y a veces se torna incurable.
La Segunda Noble Verdad: El deseo u origen del sufrimiento
La causa del sufrimiento es el deseo o sed absorbente de la materia que busca siempre el cumplimiento de una satisfacción duradera y completa, pero que se ve decepcionada por un mundo cambiante, no estable e insatisfactorio. El deseo, el apetito o la libido de la materia impulsa al ser humano a realizar diversas acciones, cuyos resultados kármicos conducen a nuevos renacimientos con sufrimiento; también a disputas, disensiones y conflictos entre personas y grupos.
Existen tres tipos de deseos:
1.-El deseo de placeres sensuales de todo tipo que satisfagan el cuerpo físico.
2.-El deseo de la existencia o instinto de autoprotección, de autoglorificación, e, incluso, de alcanzar una vida eterna después de la muerte en la que se mantenga la identidad actual.
3.-El deseo de evitar objetos o personas desagradables. En su forma más extrema lleva al suicidio, que no es más que un rechazo a cualquier situación vital.
De estos tipos de deseos derivan las opiniones y la vanidad, otras causas del sufrimiento. En general, todo enfoque o verbalización que puede ser y no ser al mismo tiempo, de naturaleza especulativa, origina sufrimiento, en particular cuando se transforma en un dogmatismo que limita la perspectiva que un individuo pueda tener de la vida. Ejemplos de ello son la verdad revelada, el racismo, el clasismo y la ideología política. Todas producen conflictos, discusiones verbales, guerras y, en otros casos, revoluciones sangrientas. Detrás de estas expresiones está la creencia profunda en un yo eterno, único y substancial, que pasa a ser lo más importante de todo el círculo de la existencia. A partir de un supuesto yo inmutable y perfecto se juzga al resto. Una creencia errada en lo profundo de la que deriva la vanidad o actitud básica del “yo-soy”, es decir, una autoafirmación íntimamente arraigada o egoísmo (esto es mío) que sólo se interesa en cómo el “yo” material se mide con los “otros yo” materiales.
La Tercera Verdad: La extinción del deseo o cura del sufrimiento
Cuando el deseo y las causas relacionadas con éste se acaban, el sufrimiento cesa. La extinción del deseo, el desapego o desinterés total llevan al nirvana, que es lo equivalente de la incondicionado o no-construido, la meta última de la existencia humana, el Cielo. Nirvana significa literalmente extinción: apagar el fuego del deseo, en referencia a todo lo eterno e interno de una persona que “arde con los fuegos del apego, deseo, odio, ilusión, nacimiento, envejecimiento y muerte, es decir, con las causas del sufrimiento. Cuando una persona ha destruido esos fuegos, el sufrimiento muere, no puede renacer y alcanza los Cielos superiores.
El primer paso para dejar de sufrir es cuando se mantiene sólo el recuerdo de aquello por lo que se tenía apego. El segundo paso es el sin recuerdo u olvido por lo que se tenía apego. La destrucción del recuerdo significa acabar con las impurezas, lo que significa una experiencia trascendental y atemporal, puesto que está más allá de la muerte y es incondicionada. Precisamente el nirvana es el cese del deseo y del sufrimiento; pero sólo el nirvana después de la muerte es el definitivo para el que lo alcanza. La extinción del deseo trata de una esfera espiritual que está más allá del nacimiento y de la muerte de las cosas. No tiene ninguna base sobre la que pueda sustentarse. Ante el nirvana las palabras fallan, porque el lenguaje es un producto de las necesidades humanas en este mundo, por lo que es un aspecto más allá de los fenómenos, más allá del razonamiento abstracto y lógico, difícil de explicar. Las descripciones más precisas y menos engañosas son negativas y apuntan a lo que no es, léase: detención del sufrimiento; lo no-condicionado; lo que no llega a ser; lo no hecho; lo incondicionado; lo inmortal; el cese; el desapego; lo no elaborado. También se le concibe como la vacuidad, en el sentido de vacío del apego, del odio y la ilusión; o, una profunda intuición de los fenómenos en cuanto vacíos de un yo substancial.
El nirvana es una especie de estado de la conciencia en donde el apego, el odio y la ilusión quedan destruidos. Es una conciencia incondicionada, vacía de impurezas, sin un objeto. Los procesos mentales van cesando, ofreciendo alguna indicación sobre la naturaleza más profunda de la Realidad, pero sin penetrar demasiado en ella.
Aquel que ha alcanzado la experiencia nirvánica y ha sido radicalmente transformado por ella, llega al estado de digno y es capaz de entrar al cielo superior del aharat, divino e incondicionado. Aquel que ha logrado ese nivel merece un gran respeto, ya que ha completado el entrenamiento espiritual y está plenamente dotado de todos los factores del Camino, esto es, ha apagado el fuego de las impurezas de los deseos materiales. El harta o digno ha alcanzado la salud mental. De este modo, el que es Perfecto, incluso en la vida, es profundo, inconmensurable, difícil de sondear, al igual que un gran océano; tampoco puede renacer en ninguna forma, ni siquiera refinada, ya que su ser está más allá de la muerte, no después como lo desea el “yo”. Por está razón los grandes hombres que han alcanzado el estado de divinidad no pueden responder a las plegarias y oraciones o a la veneración de sus seguidores; sin embargo, parte de su poder maya permanece en este mundo para ser utilizado, y es posible hacerlo mediante sus enseñanzas y estudio de sus obras.
La Cuarta Verdad: el Camino Medio
El Camino Medio no es otra cosa que la Perfección de la Sabiduría –ya explicada arriba–. La comprensión correcta de la Realidad constituye la vía para acceder a la iluminación interior y personal que conduce al alma humana hacia la budeidad y los cielos superiores del Universo. La iluminación no es otra cosa que la liberación de las ataduras de la ignorancia y de las impurezas del karma, o sea, despertar a una conducta práctica acorde con el campo más profundo de la Realidad. Concretamente significa llevar una vida práctica en equilibrio, ya que ni la vida entregada a la sensualidad y placeres mundanos, ni la vida entregada al mortificante puritanismo, ascetismo y santidad constituyen la vida justa para el hombre. La primera es vil y corrupta. La segunda plagada de sufrimientos. Ni la una, ni la otra llevan a la meta de la iluminación del alma humana.
La doctrina de la iluminación o salvación a través de la sabiduría es la doctrina de la salvación por excelencia de Oriente, a saber: la iluminación o salvación es posible para el que sabe, conoce y estudia el camino espiritual, por lo que no depende meramente de los actos buenos y malos que se hagan. Estos últimos son una consecuencia por haber tomado un camino errado para la evolución del alma. La doctrina de la salvación a través del conocimiento también posee categóricos antecedentes en Occidente. Basta evocar la pasión de Cristo en la cruz. Según las Escrituras, de los dos condenados salteadores que acompañaron a Jesús en el calvario, uno crucificado a su derecha y el otro a su izquierda, uno se burló y el otro pidió misericordia, y pasó a decir: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino» (Lucas, 23:42). Ante el arrepentimiento Jesús le dijo: «Verdaderamente te digo hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas, 23:43). Sea como sea la interpretación que se le ha dado a este pasaje, dentro de nuestro análisis, necesariamente, esto significa que los pecados que hiciera el malhechor durante la vida y que lo habían llevado a ser condenado a morir en la cruz, de nada pesaron en el momento del juicio final. El crucificado no se salvó por los actos realizados durante su vida, sino por una voluntad divina superior, una potencia operativa más allá del bien y el mal.
El Camino Medio conduce a la cesación del sufrimiento a través de ocho pasos, peldaños o factores fundamentales del desarrollo espiritual. En este sentido, se puede decir que el Camino Medio es, a la vez, un camino óctuple –aunque en el camino aparecen más peldaños–. Ahora bien, cada factor del camino óctuple es consecuencia del otro, o sea, a medida que la intuición se va haciendo más profunda la persona alcanza el estado espiritual del que “retorna una vez” como humano o dios inferior. El que se salva y no retorna ha destruido el deseo sensual sutil y cualquier otro renacimiento o reencarnación será en los cielos superiores del Universo. Para poner en marcha el Camino Medio se necesita poseer cierto grado de sabiduría preliminar, proveniente de algún maestro espiritual. Los ocho pasos son:
1.-Recta visión o entendimiento: hace que la persona tome completa responsabilidad de sus actos. Al desarrollar una profunda intuición o visión directa del Camino Medio del surgimiento condicionado, o sea, cómo surge el mundo según condiciones y causas; cómo el mundo cesa a partir de la cesación de las condiciones, de manera que tampoco tiene una existencia substancial.
2.-Recto pensamiento: se refiere a las emociones y consiste en canalizar el pensamiento hacia la serena libertad de la sensualidad; apartarse de la mala voluntad, crueldad para dirigirse a la bondad y compasión.
3.-Recta palabra: implica llegar a un peldaño en que la persona se abstiene de mentir, de la murmuración, del lenguaje vulgar y de la charlatanería inútil.
4.-Recta acción: se controla el habla, las acciones y las tendencias a vivir incorrectamente.
5.-Recto modo de subsistencia: aquí se llega a la virtud, o sea, a abstenerse de un comportamiento corpóreo incorrecto, como la violencia hacia los seres vivos, tomar lo que no se nos da y toda conducta incorrecta respecto de los placeres sensuales; todo lo que se basa en el engaño y la codicia, y permite ganarse la vida evitando aquellas formas de trabajo que causan daños a los demás.
6.-Recto esfuerzo: desarrolla en la mente un modo saludable, consistente en cuatro niveles: evitando que surjan estados mentales torpes que expresen apego, odio o ilusión; superando los estados torpes; desarrollando los estados meditativos hábiles; y, manteniendo las cualidades mentales hábiles.
7.-Recta atención: es un estado de intensa conciencia de los fenómenos físicos y mentales a medida que surgen dentro y alrededor de uno; es un estado perceptivo y de sensibilidad superior.
8.-Recta concentración: implica varios niveles de serenidad profunda, estados de recogimiento interior que surgen al concentrarse en la meditación.
Los niveles 1, 2, 3, 4 y 5 llevan a la virtud: el recto entendimiento (1) permite distinguir entre el aspecto correcto e incorrecto (2) de cada uno de los ocho factores; y, a partir de aquí el modo de expresión (3) de una persona mejora y en consecuencia también mejoran sus acciones (4) y su inclinación a la virtud (5) y subsistencia sana se torna natural y espontánea. Al estar influido por buenos ejemplos, el primer compromiso del individuo es el aumento de la virtud y de una vida generosa y autocontrolada para uno y los demás.
Los niveles 6, 7 y 8 pertenecen al nivel sagrado: una vez arraigada la virtud se puede empezar con la meditación (6), que hace la mente del caminante más serena, fuerte y clara, generando más entendimiento de los fenómenos del entorno (7) y una sabiduría profunda (8). En tres palabras el Camino Medio consiste en: virtud, meditación y sabiduría. Así se asciende a la iluminación que destruye la vanidad materialista del “yo soy” y el egoísmo individualista del “yo tengo”. El elemento básico del progreso espiritual es la relación entre el individuo y la divinidad, o, dicho de otra manera, el impacto de lo universal en la vida cotidiana, ya que los favores místicos van a quienes saben llevar una vida ejemplar y practican las virtudes, como: la benevolencia, la compasión, la fe, la sinceridad, la justicia, el respeto, la humildad, la templanza, la prudencia y la fortaleza. De este modo, la persona se hace digna y puede acceder a los cielos superiores más refinados de la forma pura, donde la intuición madurará hasta que se alcance el estado cósmico de un dios digno de larga vida en el Universo.
EL NÚCLEO DE UNA RELIGIÓN CÓSMICA
Para la acción reformuladora de una creencia cósmica la existencia del hombre no es algo al azar ni sin sentido. La naturaleza del ser humano es el resultado final de una evolución de 13.600 millones de años y un reflejo de un conflicto espiritual iniciado en la misma constitución del Universo. Antes del principio, en el campo del Vacío primordial, en el Rta, Me, Maat, Asha, Tao o sunyata, en el origen, siempre rotante y eterno, el Príncipe del Mal, amo de la materia pura y de la oscuridad, rompe el estado de biunidad divina Dios Padre/Dios Madre en forma de Huevo del Mundo, Huevo de la Luz o Hiranyagarbha, por compulsión interior, dando inicio a la liberación de la luz y la Gran Explosión. En ese acto la materia pura contamina el alma primordial. La consecuencia es que el alma vivifica la materia y la materia aprisiona el alma, quedando cada una al arbitrio de la otra. Finalmente, la historia culmina y se hominiza en el hombre, quien ha perdido el recuerdo de su origen divino. Esa es la causa de su penoso transitar por la existencia, sufriente, deambulando como un péndulo en busca de equilibrio entre el alma y la materia. Por ello, cada día hay que rendir homenaje a la divinidad, la Naturaleza, que está dentro y fuera de nosotros, y hacer todo lo posible por potenciar nuestras apititudes virtuosas y dimensiones luminosas.
BREVE CONSIDERACIÓN FINAL
Cuando el conocimiento del Universo era limitado y el dogmatismo tenía sus días de gloria, entonces se pudo excluir temporalmente a la ciencia de la creencia religiosa. Ahora es inaceptable e inmoral hacerlo. El desarrollo histórico de la fe humana, como disciplina iniciada con el totemismo y el animismo prehistóricos, seguida por el politeísmo, el monoteísmo y el deísmo, da cuenta ahora de una evolución de carácter monumental, una síntesis final y necesaria, en donde la filosofía de Oriente y la ciencia de Occidente pasan a constituir dos partes substanciales de una Religión Cósmica que es necesario construir; no aferrada al cumplimiento de oscuros y perversos dogmatismos, ni de imperativos institucionales justificados por falsos sistemas filosóficos, sino únicamente ocupada del cultivo íntimo y sereno del alma humana y de la enseñanza personal del Camino y la Verdad del inmenso Universo. Esta síntesis entre la Física y la Metafísica, entre el Oriente y el Occidente, entre la Fe y la Razón, es el núcleo de una Religión Cósmica llamada a religar al hombre, la Tierra y el Universo, fundamental en la formación de una Cultura Sudamericana. La Perfección de la Sabiduría, el Camino Medio o Ciencia de la Unidad implícita, en esta reformulación religiosa, entrega luz espiritual al corazón del mundo en el inicio del Tercer Milenio.
Un pueblo sin un rol político relevante en la Historia Universal es un pueblo destinado a nunca ser recordado en el concierto eterno de las grandes civilizaciones de la Tierra. Por ello, la única misión digna del elogio de las culturas que le queda a un país como Chile, es iniciar un proceso de grandes reformulaciones del Estado. De no hacer algo propio de los actos de grandeza que hacen grandes a las naciones, se perpetuará para siempre la condición indigna en que vive Sudamérica.
Nuestra generación tiene la fortuna de estar marcada para vivir el momento de formación de la más grande de todas las civilizaciones de la Tierra. El nacimiento de una Cultura Sudamericana constituye un acontecimiento de máxima significación, una creación única e insustituible, que no volverá a suceder y a la que habrá que adaptarse si el objetivo es la evolución de la Conciencia en el Universo.







