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EL SEGUNDO MOMENTO

 

 

La luz y la oscuridad, naturalmente, más que sustancias, espacios, personas, y evidentemente, más que conceptos, son campos plenos, cuyos impulsos energéticos expansivos rige un lugar limitado en el campo infinito y direcciones del Vacío.  Las dos regiones se presentan separadas en el estado original.  Los dos mundos son por igual principios eternos, interdependientes, no engendrados y sus habitantes extraordinariamente numerosos.  Los dos tienen el mismo valor y la misma fuerza, y en este sentido, son gemelos.  Pero esto es todo lo que tienen en común.  En todo lo demás se oponen.
La región de las tinieblas materiales aspira siempre a las profundidades.  El Huevo del Mundo, la luz, ambiciona siempre las alturas, en las que se expande ilimitadamente.  Algunos dicen que la luz es superior a la oscuridad, pero ello ocurre sólo por sus cualidades internas de bondad, belleza y razón, que la alejan de la maldad, fealdad y la estupidez de la materia.  Esta distinción ha llevado a reservar a la luz el título de Dios, espíritu, alma, y a la oscuridad material el nombre de Demonio.  Ambas regiones se diluyen en el campo primordial, conectadas en un sentido que va más allá de las capacidades significativas de la expresión poética e imaginación cosmogónica.  Ambas regiones se asumen como dos dogmas de fe o misterios del Universo.  El premio del íntegro.  El castigo del ruin. Lo bueno no otorga maldad, porque no la posee.  Incluso, en el simple acto de negar la bondad, por pequeño que sea su impulso, radica el principio absoluto del mal y de la materia.  Por lo tanto, no es posible negar la materia, ni disminuirla, porque no depende en nada de la luz ni de la bondad.  Ambas regiones son plenas en el campo del origen.

 

La Catástrofe Cosmológica

Una enorme catástrofe inaugura el período medio del drama cosmogónico, el Segundo Momento, caracterizado por la destrucción del estado de biunidad del Huevo debido a la mezcla con la materia.  Este es el principio del Cosmos.

En la eternidad primordial del Primer Momento la materia es movimiento desordenado y semiinconsciente.  Por una concentración casual de sus actividades desordenadas y carentes de finalidad, el Príncipe de las Tinieblas, la materia pura, asciende hasta el límite superior de su región, donde se encuentra la frontera con la región luminosa del Huevo de la Luz, lo que hace nacer en él el anhelo de conquistarla y asimilarla, con sus demonios, devorando aquel extraño y deslumbrador campo.

Frente a la amenaza, “padre de la grandeza”, Dios/Padre Dios/Madre, precisamente por su bondad, carece de todo medio para emprender una contraofensiva.  Entonces, decide luchar él mismo en lugar de encomendar su defensa a los eones que lo rodean.  Dice: “No enviaré a ninguno de mis eones a la lucha, sino que yo mismo iré y llevaré la guerra contra éste”, es decir, yo mismo, “con mi alma” lucharé.  Para ello emana a una primera figura, la “madre de la vida” o de “los vivientes”, de la cual el “gran espíritu” constituye el modelo.  La “madre de la vida” emana, a su vez, al “hombre primordial”, que está hecho “de la sustancia de Dios, que es igual a Dios”.  Con sus cinco hijos: aire, viento, luz, agua y fuego, que constituyen su “armamento”, el “hombre primordial” acude a la zona fronteriza donde es vencido por la oscuridad y sus hijos devorados por los demonios y la materia.

Dos poderosos ejércitos en orden de batalla miraban con temblor en sus espíritus hacia la suprema Perfección, cuando, sostenidos por su ayuda… se desencadena el combate.  La batalla comienza mientras el “hombre primordial” reza en profundo silencio.  Él, que es el mismo Dios, rodeado de su ejército de seres celestes, vio ante sí a un gran titán de piedra, gigantesco como una montaña de más de 7200 kilómetros de altura y 2400 kilómetros de contorno (...) la hueste celestial quedó paralizada (...) por todas partes se oyó un estruendo (...) y el titán, al ver al ejército de dioses con su jefe al frente ni se asombró ni se atemorizó.  Tampoco pensó que tendría que recurrir a todos sus poderes en esta lucha.  La guerra comenzó y aterrorizó a los “tres mundos”.  Todo se cubrió de guerreros.  Pero el Príncipe de las Tinieblas, no sólo poderoso en su fuerza, sino también en su poder-maya, aplastó al “hombre primordial” (…) partió en dos al Huevo de la Luz, que era el mismo Dios, como un pez puesto a secar, una mitad la abovedó en el Cielo, la otra mitad la extendió para hacer de ella la Tierra.  Después, desplegando su red, extendida por todas partes, hizo de ella una funda, para encerrar el Cielo y Tierra.  Y cuando el “hombre primordial”, “el dios de cien sacrificios” estaba allí sin poder moverse, la Divinidad en él y en “le paraíso de la luz” le devolvió los sentidos y le hizo sentir “la llamada”: “Dentro de ti está el poder de los tres mundos.  Entonces, ¿por qué flaqueas?  No te hundas como un simple mortal”. 

Justamente de ese combate viene la materia y la antimateria de la Gran Explosión, aniquilándose en luz y renaciendo de la luz hasta que todo se torna demasiado frío, como restos de un naufragio, un océano de luz en el pasado y unos pocos indicios de materia suspendida en el tiempo presente.  En el preciso momento de la mezcla, la biunidad EL-ELLA se divide, dando como producto final, después de la creación del Universo y del mundo, al hombre y la mujer, que dejaron el estado puro del Huevo de la Luz.  El corazón les duele con la separación, pues los dos son uno en su estado original.  Desde ese instante el “hombre primordial”, que es el alma del mismo Dios, comienza a padecer por la separación, deambulando en una nueva realidad.  La Gran Catástrofe Cosmológica se produce por la acción externa de un enemigo del Ser Puro en forma de Huevo del Mundo de la Luz, que definitivamente lo rompe.  El principio de la materia entra a actuar y produce la definitiva creación del Cosmos, el Big Bang, la emanación del Universo a partir del Vacío o fluctuación cuántica.  De la Gran Explosión del Huevo de la Luz vienen las nubes cósmicas, los astros, los soles, las galaxias, y todo empieza a expandirse al compás de las leyes estudiadas hoy por la física.  Así comienza la dualidad.

Este dramático episodio expresa una concepción profundamente pesimista de la prehistoria lejana de la Humanidad, que comienza con una derrota de la luz y una victoria de la oscuridad.  Esta es la razón más profunda del sufrimiento humano, la causa del padecimiento individual, karma y cruz que carga todo hombre desde su engendramiento.  El Huevo Puro comienza a dividirse a causa de la intervención del “príncipe de las tinieblas”, amo de la materia.  La creación del Cosmos está descrita, no como un acto gratuito y espontáneo de un Dios todopoderoso, sino como el resultado de un colosal combate, como la victoria del caos sobre el orden, del mal sobre el bien, del Príncipe de las Tinieblas sobre el Huevo espiritual.  Un poema impregnado de violencia y convulsión guardado en la memoria de todas las grandes civilizaciones.  El Segundo Momento, pues, corresponde a la primera creación de los días y las noches de Brahma, o sea, el comienzo de la Creación universal y cómo va pasando por distintas etapas, progresivamente más materiales. 

Ciertamente brillando sobre todos estaba el “sagrado orden gobernador”, inmutable, neutro, siempre presente.  Su Perfección reside en el Primer Momento, en la esfera, en el Uno, en el Vacío, pero no en la constitución del Cosmos o Big Bang.  Lo más significativo del Segundo Momento del drama cosmogónico tiene que ver con la gran partición original del Huevo Cósmico y las primeras materializaciones después de su división.  Es una invasión de la materia a expensas del espíritu, no regido por leyes mecánicas.  No obstante, también se ven afectados por la fuerza expansiva de la colisión de “universos membrana” las otras esferas o potencias del campo original.  El naciente Cosmos queda así sometido a las leyes mecánicas de la materia, que  comienza a jugar el rol de una substancia hilética en la mezcla.  La materia pasa a ser  lo moldeable por antonomasia, donde toman cuerpo las múltiples formas del Ser. 

¿Por qué la materia rompe el Huevo?  ¿Por qué ocurre el Big Bang?  El Príncipe de las Tinieblas, amo de la materia, rompe el Huevo inmaculado por compulsión interior.  La materia es en el fondo concupiscencia, comparable, sino idéntica al deseo sexual, a la libido, que no es otra cosa que el fuego devorador en el interior del hombre que lo atrae a la perdición de su alma espiritual, principio de su vida.

El choque de estas dos expansiones ilimitadas tiene como consecuencia que la luz quede limitada por las zonas inferiores y la oscuridad por las superiores, permaneciendo esta última enclavada como una cuña en la luz, que la rodea por tres de sus caras.  Ambas se frenan y coartan mutuamente.  Pero el sacrificio de la luz es al mismo tiempo un anzuelo cebado en el que muerde la oscuridad, que desde entonces queda al arbitrio de la deidad.  La vida que nace en nuestro Cosmos y que sorprende por lo singular, es un alimento que contradice la naturaleza de la materia.  En otras palabras, el “alma divina” envenena a los demonios.  La luz devorada se corrompe sin duda y se contamina por el contacto con las tinieblas, pero a la oscuridad le ocurre lo mismo.  La luz queda limitada en tres direcciones, la materia en una.

Los cinco hijos del “hombre primordial”, su armamento, son a la vez su alma, el “alma viva”, la “sustancia de vida”, que es una “parte de Dios”, es decir, una parte del “padre de la grandeza” es la que lucha con la materia y es devorada por ésta.  El “héroe protector” derrotado es la sustancia luminosa de Dios, que de este modo viene a ser la redentora y el objeto de redención del drama cosmológico.  Se ofrece un punto de ataque contra la oscuridad y un instrumento que hace posible su victoria en la liberación del espíritu encarcelado.  La consecuencia de este episodio es que Dios/Padre Dios/Madre ha de salvar su propia alma mezclada con los demonios, ha de salvar al “hombre primordial”.