EL TERCER MOMENTO
El “hombre primordial” ha dejado en la materia los cinco elementos de su armamento, ha dejado su alma en poder de la oscuridad. Mezclándose en distintos grados con la materia, esta sustancia la ha vivificado, y vivificándola la ha envenenado. En esta mezcla también el alma queda contaminada, debilitada, envuelta en el olvido, en el dolor y la inconciencia de la materia. Su salvación es el único motivo y la única finalidad del proceso de “creación del mundo”. La primera redención que debe acometerse, entonces, es la del “hombre primordial”.
La Creación del Mundo
El “hombre primordial” recupera la conciencia por la “llamada”, pues la había perdido, encerrado, como su alma, en la oscuridad, y dirige por siete veces una plegaria al “padre de la grandeza” en el “paraíso de la luz”, aún lejos de la mezcla. El padre escucha el ruego y emana, como “segunda creación”, al “amado de las luces”; este emana al “gran arquitecto”; y, el “gran arquitecto” emana al “espíritu viviente”.
El “espíritu viviente” es el demiurgo, el creador del mundo, quien emana sus cinco tipos: Adorno de Esplendor, Rey del Honor, Luz de Adamas, Rey de la Gloria y el Portador u Omóforos. Todos se encaminan a la región de las tinieblas. Dirigen su mirada al abismo. Encuentran al “hombre primordial” y a sus hijos absorbidos por la oscuridad. Entonces, el “espíritu viviente” da con una fuerte voz la “llamada” al “hombre primordial”. Éste levanta la “respuesta”. El “espíritu viviente” extiende su mano derecha hacia el “hombre primordial” para arrancarlo de la oscuridad.
De este modo, el “hombre primordial” quedó liberado de la materia sombría y ella, la “llamada”, se convierte en un dios. El “hombre primordial” sube luego al “paraíso de la luz”. En cambio, su armamento, es decir, la psyche (mente o conciencia), representa el nuevo elemento que ha de ser redimido, pues sigue en poder las tinieblas. La liberación de la tercera parte, la más contaminada, exige mayor habilidad y más tiempo.
Con esta finalidad y movido por los ruegos de la “madre de la vida”, del “hombre primordial” y del “espíritu viviente”, el “padre de la grandeza” procede a una tercera llamada, cuyo personaje principal es el “mensajero” o el “tercer enviado”, el dios del mundo de la luz, llamado a veces Varuna-Mitra, “el padre de las doce vírgenes de la luz” (dominio, sabiduría, victoria, convicción, pureza, verdad, fe, paciencia, rectitud, bondad, justicia y luz) que corresponden a los doce signos del Zodíaco.
El “mensajero” o “tercer enviado” pone en marcha definitivamente un mecanismo para extraer la luz enterrada, purificarla y clarificarla. Las ruedas de este mecanismo son las ruedas del viento, del agua y del fuego, y especialmente del Sol y la Luna, que hace girar uno de los hijos del “espíritu viviente”, el Rey de la Gloria.
Apoyado por sus cinco hijos (Adorno de Esplendor, Rey del Honor, Luz de Adamas, Rey de la Gloria y Portador u Omóphoros), el “espíritu viviente” castiga a los arcontes. Con la piel que les arranca forma el Cielo; con los huesos, las montañas; y con la carne, la Tierra. Los elementos más puros y ligeros de la mezcla, elevándose, hicieron el Cielo. Los menos puros y más pesados tendieron a bajar y formaron la Tierra. La parte que no ha sufrido con la mezcla se convierte en el Sol y la Luna. Otra, sólo medianamente afectada por ella, es utilizada para las estrellas. La substancia armoniosamente proporcionada se convirtió en el Hombre; y, el Cielo y la Tierra, conteniendo este elemento espiritual, se hicieron aptos para producir y evolucionar todas las cosas. Este es el origen de nuestro planeta.
Así conformado el universo abarca diez firmamentos con doce pórticos sostenidos por Adorno de Esplendor, y ocho “mundos superiores” que el Omóphoros lleva sobre sus hombros. Del “espíritu viviente” procede un primer camino de liberación de la luz, formando tres partes de la substancia mezclada: la espiritual, la mental y la material. En los primeros catorce días de cada mes, la sustancia liberada asciende por la columna de luz (“el hombre perfecto”) hasta llegar a la Luna que, por obra de esta carga, va creciendo paulatinamente hasta convertirse en Luna llena. En los catorce últimos días de cada mes la Luna cede al Sol su carga, que llega así a su patria celeste.
Pero también el “padre de la grandeza” emana a la “Virgen de la Luz”, que pone en acción otros medios para la liberación del alma de carácter menos mecánico. Resplandeciente en su desnudez, se muestra en el Sol, ora a los restantes arcontes masculinos en figura de mujer y a los femeninos y diablesas en figura masculina. De esa forma despierta en ellos su deseo y les hace expulsar, mezclada con su semen, la luz que habían devorado. De la parte húmeda que cae a la tierra surge un monstruo marino, al que Luz de Adamas atraviesa con su lanza. De la seca, cinco árboles, de los que proceden todas las plantas. Este es el origen del reino vegetal.
Las diablesas, por su parte, a quienes hace daño el girar del Zodíaco al que están atadas, traen al mundo monstruos, Mazan y Asreschtar, que, después de caer a la tierra, devoran los brotes de los árboles y asimilan de esta manera el semen expulsado por los arcontes y la luz en él contenida. Arrastrados por la concupiscencia se unen entre sí para multiplicar su descendencia. Este es el origen del reino animal. La parte de sustancia luminosa que todavía ha de ser salvada está en la Tierra, pero dispersa, encerrada en la pulpa de las plantas y en el cuerpo de las criaturas animales.
El Origen de la Humanidad
El mundo estaba cubierto de flores, los árboles se encerraban bajo el peso de los frutos, millares de animales se solazaban en las llanuras y en los aires, inconscientes de su origen, sin recuerdos de lo acontecido. Los elefantes blancos paseaban tranquilamente bajo las sombras de las selvas gigantescas (...) mas se habría de desencadenar un nuevo drama.
La aparición de la “Virgen de la Luz” hace nacer en la materia el temor de que se le escape su luz vivificante y prisionera. Para sujetarla con ataduras aún más fuertes, la materia decide concentrar la mayor parte de la sustancia luminosa en una criatura personal que sea el polo opuesto de la creación divina. Para esto, un demonio masculino, Asaqlún, después de haber devorado a todos los descendientes de los monstruos para asimilar toda la luz que pudieran contener, se une a un demonio femenino, Namrael (...) sacando de la grande alma, de la esencia pura, un germen de vida con el cual animó dos cuerpos que hizo macho y hembra, es decir, aptos para la reproducción, como las plantas y los animales, engendrando así a los dos primeros hombres, Adán (sánscrito Adami, el primer hombre; Gehmurd) y Eva (del sánscrito Heva, lo que completa la vida; Murdiyanag). Ellos tuvieron conciencia y palabra, lo que les convirtió en superiores a todo lo que ya estaba creado, pero inferiores a los ángeles, divinidades y a Dios. Se adornó al hombre con la fuerza, la altura, la majestad y la facultad del gobierno a través de la razón. La mujer recibió la belleza, la gracia, la dulzura y la prudencia complementaria. El mito de la creación de la humanidad exige la intervención en el proceso de la sangre de un dios, prueba de que el hombre continúa el drama espiritual del Universo al poseer la doble naturaleza material y divina, raíz de su conflicto.
El género humano debe su origen a una serie de actos de canibalismo y sexualidad a penas matizados por el espíritu que representa el bien y la conciencia. Estigmas de este origen son el cuerpo, que tiene la forma animal, y la libido, que arrastra a los hombres a seguir por su parte cohabitando y multiplicándose, es decir, de acuerdo con los planes de la materia, a mantener ilimitadamente prisionera al “alma”. «En el vientre de la mujer, entre los senos, en el ombligo o riñones, se produce continuamente una sutil emanación de vida. Aunque una mujer sea pura en su fe e incluso se dedique al estudio de los sutras o a la práctica de un ascetismo riguroso, no se desprenderá de la materia y de su karma» 1. La libido, mientras tanto, ese deseo sexual, a veces violento hasta la desmesura, nacido de la materia inconsciente, es mantenido a raya por el espíritu. La contienda de espíritus se simboliza y exacerba en la Humanidad.
La Revelación a la Humanidad
La primera vez que Dios le habló a la Humanidad fue en el Jardín del Edén, ubicado en la Isla de Ceylán, al sur del llamado subcontinente de Asia, actual Sri Lanka. La Revelación se ha conservado en la tradición oral de la isla y en la punta oriental de la India, según canta el relato: 2
El “padre de la grandeza”, “señor de la luz”, ofreció a Adán y a su mujer Eva (la Humanidad) para su última morada, una isla digna por su clima, sus productos y espléndida vegetación, el paraíso en la Tierra, una perla en el mar. Él vivificó la materia en la mezcla, entregando a la naturaleza física leyes fatales que no puede ni quiere cambiar. Al crear el “alma”, la “inteligencia” y la naturaleza moral en la Humanidad, las sometió igualmente a principios invariables respecto a los cuales ni su dignidad, ni su sabiduría le permiten introducir la más mínima modificación. Dotó a la “conciencia” de libertad y responsabilidad, de las nociones sublimes de la inmortalidad en la vida futura, del mérito y del demérito por el bien y el mal; le hizo intuir que la mano de un ser omnipotente dominaba el Universo. Después la dejó en Adán y Eva para que cumpliera en la Tierra su misterioso destino con entera independencia. Les dijo: “Id, uníos y producid seres que serán vuestra imagen viva en la Tierra, durante siglos y siglos después que vosotros habréis vuelto a mí. Pero, como señor de todo lo existente, os he creado para adorarme durante toda vuestra vida, y aquellos que tengan fe en mí compartirán mi felicidad después del fin de todas las cosas. Enseñad esto a vuestros hijos, que no olviden jamás mi recuerdo, pues estaré con ellos en tanto pronuncien mi nombre”.
Luego prohibió a Adán y a Eva abandonar la isla y continuó con estas palabras: “Vuestra misión debe limitarse a poblar esta isla magnífica, en donde todo lo he reunido para vuestro placer y comodidad, y en extender mi culto en el corazón de aquellos que nacerán. El resto del mundo está aún inhabitado; si más tarde el número de vuestros hijos aumenta de tal manera que esta morada resulte insuficiente para contenerlos, que me interroguen durante las ofrendas y yo daré a conocer mi voluntad”. Dicho esto, desapareció.
Entonces, Adán, volviéndose hacia su joven mujer la miró... Su corazón saltó en su pecho a la vista de una belleza tan perfecta. Ella permanecía en pie delante de él, sonriendo con virginal candor, estremecida de desconocidos deseos. Sus largos cabellos flotaban amoldándose alrededor de su cuerpo, abrazando en sus caprichosas espirales su púdico rostro y sus desnudos senos que la emoción empezaba a agitar.
Adán se aproximó a ella, pero temblando. A lo lejos el Sol desaparecía en el océano; las flores de los bananos se levantaban para aspirar el rocío de la noche; millares de pájaros de variados plumajes murmuraban dulcemente en la cima de los tamarindos y de los palmitos; las luciérnagas fosforescentes empezaban a revolotear por los aires, y todos estos ruidos de la naturaleza subían hasta Dios que se regocijaba en su celeste morada.
Adán se atrevió a pasar su mano por la cabellera perfumada de su compañera. Sintió un estremecimiento recorrer el cuerpo de Eva, y este estremecimiento le dominó... La cogió entonces con sus brazos y le dio el primer beso, pronunciando en voz baja el nombre de “Eva”, que acababa de serle dado... “¡Adán!” murmuró dulcemente la mujer al recibirlo... Y temblando, desvanecida, su hermoso cuerpo se doblegó sobre los brazos de su esposo.
La noche había llegado, los pájaros callaban en los bosques; el Señor estaba satisfecho, pues el amor acababa de nacer, precediendo a la unión de los sexos. Así lo había querido “el padre de la grandeza”, para enseñar a la Humanidad que la unión del hombre con la mujer sin amor, no sería más que una monstruosidad contraria a la naturaleza y a su ley.
Adán y Eva vivieron durante algún tiempo en perfecta felicidad. Ningún sufrimiento venía a turbar su placidez; sólo tenían que levantar la mano para coger de los árboles los más sabrosos frutos; sólo tenían que agacharse para recoger el arroz más fino y hermoso.
Pero un día una vaga inquietud comenzó a apoderarse de ellos: celoso de su felicidad y de la obra de Dios, el Príncipe de los Demonios, el espíritu del mal, les inspiró deseos desconocidos: “Paseemos por la isla -dijo Adán a su compañera- y veamos si encontramos un lugar más hermoso aun que éste”.
Eva siguió a su esposo. Anduvieron durante días y meses, deteniéndose a las orillas de cristalinas fuentes, bajo los tamarindos que les ocultaban la luz del sol... Pero, a medida que avanzaban, la mujer se sentía presa de un temor inexplicable y de extraños temores: “Adán -decía- no vayamos más lejos; me parece que desobedecemos al Señor. ¿No hemos abandonado el lugar que nos señaló para morada?”. “No tengas miedo -respondió Adán- esta no es aquella tierra horrible, inhabitable, de la cual nos ha hablado”. Y andaban siempre.
Llegaron, por fin, a la extremidad de la isla. Al frente vieron un hermoso brazo de mar poco largo y del otro lado una vasta tierra que parecía extenderse hasta el infinito. Un estrecho sendero formado por rocas que se levantaban del seno de las aguas unía su isla con este desconocido continente. Los dos viajeros se detuvieron maravillados: la región que veían estaba cubierta de grandes árboles, y pájaros de mil colores distintos revoloteaban entre la enramada.
“He aquí cosas muy bellas -dijo Adán- ¡y que hermosos frutos deben producir estos árboles!. Vamos a catarlos, y si ese país es preferible a este, plantaremos allí nuestra tienda”.
Eva, trémula, suplicó a Adán que no hiciese nada que pudiera irritar al Señor contra ellos: “¿No estamos bien en este lugar? ¿No tenemos agua pura, frutos deliciosos, por qué buscar otra cosa?”.
“¡Y bien! volveremos -dijo Adán-. ¿Qué mal puede haber en visitar ese país desconocido que se ofrece a nuestra vista?”. Y se aproximó a las rocas. Eva temblorosa le siguió.
Puso Adán a su mujer sobre sus espaldas y empezó a atravesar el objeto de sus deseos. Tan pronto hubieron puesto pie a tierra, un ruido espantoso se dejó oír. Árboles, flores, frutos, pájaros; todo lo que veían del otro lado en un instante desapareció. Las rocas sobre las cuales acababan de llegar se hundieron en las olas; sólo algunas rocas agudas continuaron dominando en el mar, como para indicar el paraje que la cólera celeste acababa de destruir. [Estas rocas que se levantan en el Océano Índico, entre la punta oriental de la India y la Isla de Ceylán, todavía en la actualidad son conocidas bajo el nombre de “Puente de Adán”].
La vegetación que habían notado desde lejos sólo era un espejismo engañador, suscitado por el “Príncipe de los Demonios” para conducirlos a la desobediencia. Adán se dejó caer sobre la arena llorando, pero Eva se arrojó en sus brazos diciéndole: “No te desesperes, vale más que roguemos al Autor de todas las cosas que nos perdone”.
Mientras ella hablaba de esta manera, una voz se dejó oír entre las nubes, que decía estas palabras: “¡Mujer, tú no has pecado más que por amor a tu marido, a quien te había enviado a amar... y tú has confiado en mí. Te perdono, y a él también por tu causa!. Pero no entraréis más en este lugar de delicias que había creado para vuestra felicidad. Por desobedecer mis órdenes, el Espíritu del mal acaba de invadir la tierra (...) vuestros hijos condenados a sufrir y a trabajar la tierra por vuestra falta, se convertirán en malos y me olvidarán. Pero mandaré a los profetas y al Cristo, que se encarnará en el vientre de una mujer y os llevará a todos la esperanza de la recompensa de otra vida, y la manera, suplicándomelo, de dulcificar vuestros males”. Se levantaron consolados, pero desde aquel día tuvieron que someterse a un trabajo duro, para lograr que la tierra los alimentase.
El devenir de la Humanidad
Una vez que la mayor parte de la luz se ha concentrado en Adán y Eva (la Humanidad), son ellos los que con sus descendientes se convierte en el objeto central del proceso de liberación. Los cinco ángeles, contrafiguras celestes de los cinco elementos prisioneros, al ver a la luz divina sometida a tal humillación en mala condición humana, ruegan al “mensajero del alegre mensaje”, a la “madre de la vida”, al “hombre primordial” y al “espíritu viviente” que envíen un salvador que arrebate de los demonios esta criatura, cuyo origen vivificador es excelso; un salvador que libere el alma (psyche) y la extraiga de los demonios, abriéndola a la conciencia y a la rectitud. Las deidades envían a los grandes profetas de la Humanidad.
Dotados de figura humana, los redentores descienden a la Tierra, se aproxima a la Humanidad y la salvan. Para ello crean las grandes culturas. Entonces, Adán se reconoció a sí mismo y se dio cuenta de quien era. Los profetas mostraron a la Humanidad la verdad en las alturas y su propio yo, “el alma de la Humanidad”, abandonado a todo, a los dientes de la pantera y a los colmillos de los elefantes; lo que quiere decir: cautivo en la pestilencia de las tinieblas materiales.
Adán comió del árbol de la vida, del conocimiento verdadero, miró en torno a sí y lloró. Elevó su voz poderosa como la de un león que ruge, se mesó los cabellos, se golpeó el pecho y dijo: “¡Malditos, malditos los que han formado mi cuerpo, los que han encadenado mi alma! ¡Malditos los rebeldes que me han esclavizado!”.
La clarividencia de la sabiduría despertó el alma de la Humanidad, es decir, la abrió al conocimiento de sí misma y a la ciencia universal. A Adán se le otorgó la capacidad de darse cuenta de la mezcla de su alma, presente y doliente en la materia toda, así como del origen de su cuerpo, a quien maldice, igual que a su creador, y de la mezcla fundamental que caracteriza su situación. Esta revelación del conocimiento de sí mismo va acompañada de la revelación del conocimiento del mundo. Los profetas redentores, el “nus” o espíritu, dan al alma de la Humanidad el saber perfecto contenido en la revelación del origen, referido al pasado entero y a todo el futuro. Esta es una enseñanza cosmológica y soteriológica, es decir, un saber del bien y del mal, del que derivan preceptos prácticos acerca de la renuncia corporal, incluidos el consejo de no acercarse a Eva, personificación del principio de la multiplicación del género humano, gracias al cual se prolonga en la Tierra el dolor y el sufrimiento.
La moral que impera en este sistema es la del deber. La moral de la inacción mística, o sea, de la conducta que tiende a anular la personalidad, el ego, y la engañosa multiplicidad material de las cosas. Esta moral pretende encontrar la “identidad” verdadera de cada uno, el descubrimiento de la realidad espiritual, el encuentro con la naturaleza original de Dios.
La “iluminación” o salvación de la Humanidad se reduce a la convicción de que el mundo material es la fuente del mal y del sufrimiento. Para liberarse hay que romper los lazos que nos unen con la realidad externa, acceder al interior, por lo tanto, a nuestra constitución humana, a nuestra alma espiritual. Cuanto más nos liberamos de los ligámenes materiales, más indiferentes nos hacemos a cuanto es el mundo y más nos liberamos del sufrimiento, es decir, del mal. El hombre no se libera del mal a través del bien, sino mediante el desapego del mundo material, a través de la meditación, de una no-acción, de un silencio, de una inamovilidad. La plenitud de tal desapego es el nirvana, y más allá, el aharat, un estado de perfecta indiferencia respecto del mundo, el Cielo. Ahí culmina el proceso espiritual del hombre.
El mito de la redención de Adán, que es una repetición de la redención del “hombre primordial”, es al comenzar la historia de la Humanidad, lo mismo que la redención del “hombre primordial” fue al comenzar la historia del Universo, es decir, una garantía de salvación para la humanidad futura y un ejemplo típico de lo que se entiende por liberación.
El devenir del Mundo
El devenir del mundo y la historia de la Humanidad registra sólo dos acciones paralelas: la multiplicación de la mezcla de la luz con la oscuridad, pero al mismo tiempo el cumplimiento progresivo de la liberación. Su curso obedece a una doble fuerza presente en todo el Universo: una fuerza activa, creadora, protectora y reveladora, y, una fuerza pasiva y doliente, que es el alma en el mundo y, por lo tanto, el alma del mundo. Esta es la faz doliente de los profetas trascendentes que ha de ser salvada, pues allí donde sus almas luminosas están mezcladas, la humanidad cósmica y supratemporal está crucificada en la materia.
La tremenda máquina cósmica gira. La gigantesca rueda de agua de doce cangilones que los profetas y Jesús han levantado para la salvación de las almas, no cesa de extraer las almas luminosas de la muerte, ni de conducirlas a la “columna de la luz” que, a través de los recipientes de la Luna y del Sol, hace subir esta carga mística hasta el paraíso luminoso de sus orígenes.
En el curso de los meses, de los años y de los siglos, la sustancia divina devorada se separa de la oscuridad y la vida de la materia se agota poco a poco. Las almas de los puros y los sabios llegan al mundo de la luz (Cielo, brahmán, nirvana, aharat) a través del Sol, mientras que las de los demás residen en la Luna, de la que a su debido tiempo vuelven a la Tierra para renacer o reencarnarse. La Luna muere todos los meses, pero después de una ausencia de tres días vuelve a aparecer, y con ella también las almas que después se reencarnan. Es la trasmigración de las almas o reencarnación, a su debido tiempo, en una forma viviente acorde con el comportamiento pasado.
La sabiduría en torno a la redención de la Humanidad tiene un carácter mistérico que no es comprensible y accesible sin dificultad, generalmente reservada a los iluminados, a los sabios maestros espirituales, los buda. La historia de la Humanidad es el drama de nuestra pasión y de nuestra salvación. Este es el sentido del mundo.
1 Kunda-kunda Acharya, Pravacana; Tātparya-vrtti III. 24b, 4-5, 7-8; traducción de Barend Faddegon, F.W. Thomas (ed.), Jain Literature Society Series, Vol. I (Cambridge University Press, 1935) p. 202.
2 La existencia de los indios primordiales en la India meridional y sud oriental explicaría el ascenso posterior de las tradiciones ancestrales, desde el sur hacia el noroeste de la península, propagadas principalmente por vía de la tradición oral, para vivir su esplendor al pie del cordón de lo Himalaya en el Valle del Indo, donde floreció la cultura del Mohenjo Daro, aprox. 3000 a. C.







